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domingo, 29 de abril de 2018

Seudología VII, de Miguel Catalán

En la nueva entrega, la séptima ya, de Seudología, el filósofo valenciano Miguel Catalán (1958) nos muestra la cruda realidad en que se asienta la estructura política y económica de nuestra sociedad.

Mentiras de políticos, políticos de (la) mentira

Resultado de imagen de mentira y poder político     Hace más de veinte años, Miguel Catalán se propuso analizar pormenorizadamente el universo de la mentira. Para ello concibió una obra ingente titulada Seudología que se compondría (si el tiempo y la salud se lo permitían) de 22 volúmenes. Tras El prestigio de la lejanía, Antropología de la mentira, Anatomía del secreto, La creación burlada, La sombra del Supremo y Ética de la verdad y de la mentira, Miguel Catalán nos regala ahora con un nuevo volumen en torno al embuste: Mentira y poder político. Con la prosa ágil y divulgativa que lo caracteriza, pero sin perder el rigor académico y la seriedad disciplinar que han sido la seña de identidad del filósofo valenciano, esta séptima entrega de Seudología pasa revista al origen político (y, por ende, también social y económico) del mundo en el que vivimos (o, más bien, sobrevivimos).

      La obra está conformada por nueve capítulos cuyos títulos son de por sí lo bastante elocuentes: “El egoísmo inherente al mando”, “División social y mentira política”, “El torcido filtro de la historia” o “De la conversión de la víctima en verdugo”, por citar algunos de ellos. Asimismo, estos extensos capítulos aparecen divididos en múltiples apartados que ayudan a avanzar en las argumentaciones y las tesis del autor.

     Más que una obra filosófica (que lo es), Mentira y poder político es una obra que sirve para removernos la conciencia, para mostrar el podrido y falaz andamiaje sobre el que se sustenta nuestra sociedad, en la que —como desde hace miles de años— siempre mandan los mismos y siempre pagan los mismos. Catalán no ofrece soluciones a los embustes que desvela: que nadie busque en estas páginas un paliativo, un ungüento con el que curar la rabia ante la contemplación de un mundo injusto y empeñado en auto-aniquilarse. El autor se limita a mostrarnos, con múltiples, jugosos, divertidos y horribles ejemplos, que la sociedad que habitamos no ha cambiado nada a la que se creó varios milenios antes de nuestra era, con los primeros núcleos urbanos. Las equivalencias que muestra Catalán son desgraciadamente las mismas repetidas una y mil veces: a mayor poder, menor moral; a mayor fuerza, mayor poder; a mayor fuerza, mayor riqueza. Y por el contrario, a mayor inteligencia (que no pillería), menor poder: lo cual explica la mediocridad generalizada de la secta política que desde tiempos inmemoriales nos ha sido impuesta como gobernadora. “Al revisar la nómina de los jefes de Estado que han gobernado las mayores naciones e imperios se observa el acusado número de grandes criminales de tipo psicopático en comparación con cualquier otra profesión o desempeño social”, escribe el autor.


Resultado de imagen de miguel catalán      En los años convulsos que vivimos, donde tan discutidas parecen las ideologías que creíamos “eternas”, Mentira y poder político es un libro necesario por cuanto pone sobre el tapete lo que todos en nuestro fuero interno sabemos: que el mundo se divide en parásitos y parasitados. “El Estado es una institución de robo a gran escala”, escribe el autor citando a Rothbard. He aquí una pequeña muestra: hace escaso tiempo los miembros de un recién formado partido político, que aún no había accedido a los sillones del poder, se referían peyorativamente a los gobernantes ya establecidos como a miembros de “la casta”. Ahora que dicho partido ya se sienta en los sillones y no pasa ni frío en invierno ni calor en verano, la palabra “casta” ha desaparecido completamente de su vocabulario…

    
  Haciendo un recuento por encima (y del que estoy seguro que me habré quedado corto), en este país estamos “gobernados” por unas 30.000 personas (desde alcaldes y concejales hasta ministros, pasando por senadores, congresistas, diputados…). ¿Realmente necesitamos tantos “pastores” para no “salirnos del redil”, o es que somos nosotros a los que ellos necesitan para continuar justificándose (y viviendo a nuestra costa)? 

Miguel Catalán,
Mentira y poder político. Seudología VII.
Editorial Verbum, Madrid, 2017. 338 páginas.

sábado, 14 de abril de 2018

EL INTRANQUILO RETIRO DEL INSPECTOR DUARTE

Tres años después de su anterior aparición literaria, Daniel Duarte regresa el mundo del delito.
¡No te la pierdas!
La imagen de la portada es de la nevada de enero de 2017, obra de Esteban Sanchís.
https://www.planetadelibros.com/libro-el-intranquilo-retiro-del-inspector-duarte/267332


sábado, 17 de marzo de 2018

MENTIRA Y PODER POLÍTICO


     Este es el título de la séptima entrega de Seudología, la magna obra que el filósofo valenciano Miguel Catalán lleva más de diez años escribiendo en torno a la mentira y sus diversos rostros.

      Leo con cierta rabia el siguiente fragmento. No tiene desperdicio:


      "Todavía hoy, cuando los ciudadanos disponen de mucha más información que los campesinos del Imperio Antiguo, oímos ponderar a los titulares de un ministerio o una dirección general que “el gobierno ha hecho un gran esfuerzo económico” o “presupuestario” para acometer una inversión, realizar cierta obra o cubrir cierta demanda social.

Resultado de imagen de esclavos      Claro que en realidad el esfuerzo económico nunca lo hace el gobierno ni el presidente ni el ministro ni los secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales, delegados del Gobierno, consejeros, ni la oscura nube de asesores y cargos de libre designación que cubre de oscuro el cielo de la nación. El cuerpo político nunca realiza esfuerzo económico alguno, sino que más bien al contrario toma para sí, siempre y por naturaleza una parte del fruto del trabajo de los productores, de la cual él mismo se queda una porción fija y distribuye el resto según criterios variables. Lo único que hace el cuerpo político al asignar una partida presupuestaria es aplicar un criterio u otro a la segunda porción de la renta ajena que administra. En todo momento el esfuerzo siempre lo realiza el grupo social: los gobernados, y en concreto, los trabajadores a quienes va dirigía la propaganda gubernamental sufragada también con sus tributos. Son ellos los que corren, siempre, con todo los gastos.

      El sistema político intenta invariablemente cargar sobre las víctimas el peso de la apropiación de bienes de que las ha hecho objeto; unas veces lo consigue y otras no, pero nunca deja de intentarlo. Así, cuando los gobiernos prevén reducir la pensión de jubilación no solo cargan a través de sus portavoces contra los jubilados por la excesiva edad que alcanzan (Christine Lagarde), sino que siempre procuran dejar la impresión de que la pensión jubilatoria es un regalo o donación graciosa del Estado o la comunidad, y no una pequeña parte de la porción que antes ha extraído el Estado del sueldo de los jubilados a lo largo de toda su vida laboral, siempre mucho más prolongada que su posterior fase pasiva. Conseguir que los ciudadanos caigan en la trampa verbal que transforma al sustraído en sustractor es el propósito de los globos sonda incriminatorios lanzados desde las instancias oficiales a través de los medios de comunicación para detectar si la medida antisocial será aceptada por la opinión pública."

sábado, 10 de marzo de 2018

ANATOMÍA DE UNA PASIÓN o de cómo empezó todo...


      La historia que vamos a narrar comenzó hace más de un cuarto de siglo —el muchacho tenía entonces once años—; pero igualmente pudiera haber ocurrido hace una década o quizás a finales de la semana pasada. (Ruego para que siga ocurriendo mientras escribo estas líneas). El chaval había decidido comprar la nueva colección de novelas que ponía a la venta la editorial Bruguera, el Club del Misterio se llamaba. Había visto el anuncio en su televisor en blanco y negro (el color solo llegó  al hogar con el Mundial de España). La primera entrega la conformaban dos títulos —Cosecha roja de Hammett y Las aventuras de Sherlock Holmes de Conan Doyle— y costaba 75 pesetas. Su paga semanal era sólo de 35 pesetas (más otros cinco duros para ir al cine), conque el muchacho se privó aquella semana de ver la película y, además, tuvo que pedir dinero a sus abuelos.

Resultado de imagen de club del misterio
         Ese jueves por la tarde —era el día señalado por la editorial para sacar a la venta su colección— el muchacho corrió como una bala desde el colegio hasta la papelería de la calle Mayor. Tuvo que esperar todavía unos minutos en la puerta, ansioso, ilusionado, hasta que abrieron la librería. Habían recibido la nueva colección de Bruguera, por supuesto; había llegado esa misma mañana, todavía les quedaban unos ejemplares. El chaval los compró y comunicó su intención de seguir adquiriéndolos todas las semanas, sin falta. Aún no lo sabía, pero aquella colección iba a marcar su vida. Puntualmente, cada jueves, el muchacho compraba los ejemplares y los iba alineando en sus todavía vacíos estantes. Comentó a sus padres el propósito de completar la colección, y no pusieron mucho reparo en aumentarle la asignación: el precio del libro más la entrada al cine más tres duros para comprar pipas Carrancha u otras chucherías. Lo cierto es que tratándose de libros, nunca hubo problemas en casa.

     Las novelas tenían formato de revista y estaban escritas a dos columnas, salpicadas por algún dibujo. En el fondo de las portadas se alternaban los colores: rojo, amarillo, azul, marrón y verde. Las ilustraciones —que todavía conserva y gusta de enseñar a sus amistades— eran geniales, impactantes a veces, otras más sutiles, obras en su gran mayoría de Isidre Monés y, esporádicamente, de Ricard Fané. Cada ocho números debía comprarse unas tapas duras, imitación madera, con las que se encuadernaban los ejemplares.


        Era imposible leer todas las novelas que recogía cada semana; tampoco —por aquel entonces— le interesaban todos los títulos. Sus exiguas estanterías fueron llenándose de colorido y de autores que, a sus once años, le decían bien poco —andando el tiempo serían en algunos aspectos las piedras angulares de su formación literaria—: a Hammett y Doyle le siguieron Ellery Queen, Chandler, la Highsmith y la Christie, Stanley Gardner y su Perry Mason, Hadley Chase, Cain, Rex Stout y su orondo Nero Wolfe, Chesterton —que desde entonces pasaría a ser uno de sus autores de cabecera—, McCoy, Fredric Brown, Le Carré, Japrisot, Van Dine —otra de sus obsesiones—, Dickson Carr, Ross MacDonald y Jim Thompson, por citar algunos de los más de un centenar que enriquecieron la adolescencia y la juventud de nuestro protagonista. Todavía recuerda cómo leía  1.280 almas de Jim Thompson a escondidas, temiendo ser sorprendido por sus padres mientras devoraba con los ojos una historia sórdida y horrible repleta de escenas de sexo y salpicada de palabras obscenas.

       Durante el bachillerato —y más tarde en los años universitarios— los profesores lo enriquecieron con “las grandes obras de la literatura universal”, pero nunca abandonó el placer de aquellas novelas, la pátina oscura de las páginas que proclamaban la no muy buena calidad de la impresión, los dibujos llamativos, impactantes, el tacto rugoso de las hojas, las tramas atroces salpicadas de crímenes y enigmas, de nombres extranjeros y extraños que servían para espolear su imaginación.

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      Las preferencias del muchacho muy pronto salieron a la luz: la “novela negra” americana —o incluso francesa o italiana, que también estaban representadas— no le atraía; tampoco le entusiasmaban las novelas de crímenes-aventuras (los hoy denominados thrillers) al estilo de Charles Williams o Dick Francis, ni las folletinescas de Edgar Wallace. Lo que en verdad le gustaba era la novela-problema: Conan Doyle estaba en el centro y los vértices del cuadrado lo formaban Ellery Queen, S. S. Van Dine, Dickson Carr y Agatha Christie.

         El Club del Misterio reunía en sus títulos todos los subgéneros de novela de misterio: la novela-enigma, la novela de folletín y aventuras, el enigma victoriano, la genuina novela negra de comienzos del siglo XX, el thriller policiaco de las décadas de 1960 y 1970. Y, aunque su nómina se decantaba preferentemente por los escritores de habla inglesa, allí estaban también representados los autores italianos (Scerbanenco), los franceses (Simenon), los argentinos (Borges y Bioy Casares), incluso los suecos (el matrimonio formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö).

        Hay momentos que el muchacho no podrá olvidar nunca: leía ¿Acaso no matan a los caballos? de  Horace McCoy en el coche cuando sintió el golpe y vio el morro del vehículo aplastado contra la pared; todavía siente el desasosiego cuando recuerda cómo se fue a jugar el fútbol con los amigos y dejó olvidado Goldfinger de Ian Fleming junto al palo de la portería —en casa lo recordó y corrió como un loco hasta que lo recuperó—; la tarde veraniega en que leyó de un tirón Diez Negritos; o los últimos días de Séptimo de EGB, en su colegio de Biar, cuando los maestros les permitían leer lo que quisieran o dibujar: era junio de 1983 y él leía con un ansia casi febril El asesino vive en el 21 de S. A. Steaman.

      En abril de 1984 la colección había alcanzado ya la nada despreciable cifra de 140 títulos. Su precio se había más que duplicado —ascendía a 175 pesetas— y habían cambiado el diseño de la portada, que ahora se presentaba con colores negros y rojos, y en lugar de un dibujo empleaban una fotografía retocada. Decidió no comprar más. El secreto del alfiler de Edgar Wallace, número 144, que apareció en el mes de mayo de 1984, fue el último ejemplar que adquirió.

Resultado de imagen de club del misterio       Hoy forman trece tomos y algunas novelas sueltas. Son las joyas de su biblioteca, y le gusta mostrárselos a sus invitados. La mayoría de ellos no comprende su emoción ni advierte el brillo de sus ojos. Quizás el muchacho —que ya es un hombre— los sobrestime demasiado.

        Por aquellos años hubo otras editoriales que iniciaron también colecciones de novela policiaca, o cuanto menos de misterio o terror. En 1982 la editorial Forum creó Círculo del Crimen. También Forum lanzó en 1983 la Biblioteca del Terror. En 1986 Ediciones Versal inició con Elmore Leonard su colección Crimen & Cía.

        No hay que ser un genio ni un gran aficionado a la novela policiaca para adivinar (y acertar) que aquel muchacho es el adulto que escribe estas líneas. Hay quien, inexplicablemente, se vuelve loco por las carreras de Fórmula 1 (a mí, debo decirlo, me aburren), o por la música de cualquier tipo, o por los juegos de rol, o por los deportes más exóticos. Incluso hay quien colecciona los más variopintos objetos: vitolas de puros, etiquetas de vino, cajas de cerillas, paquetes de cigarrillos, sobres de azúcar... Otros dedican parte de su tiempo a buscar y coleccionar cosas tan imposibles de hallar como saleros que funcionen bien, películas románticas de Steven Seagal o ciclistas que cumplan las normas de circulación.

      El niño que inició nuestra historia —y al que muy bien pudimos haber llamado Pepito— fue creciendo, aprendiendo nuevas cosas, olvidando la inocencia de la infancia. Ahora, aunque suelen llamarlo Pepe o a veces sólo “¡eh, tú!”, sigue apasionándose con un libro en la mano, vuelve a ser Pepito cada vez que encuentra, compra y lee una buena historia de misterio.
         
         Nadie sabe qué razón nos empuja a preferir una cosa y a rechazar otra.


jueves, 1 de febrero de 2018

UN ELENCO DE PERROS, ya se acerca...

Si las cuentas no fallan, en un mes (o menos) UN ELENCO DE PERROS estará ya ladrando en las librerías... Aquí os mando otro adelanto. Es el primer capítulo...

                                                                  
Domingo de Ramos, 1956.

   
    —¡No!
Resultado de imagen de un elenco de perros  No había acabado de decirlo cuando el hostión me alcanzó en la mejilla izquierda y la fuerza del golpe me lanzó hacia atrás, trastabillé, me golpeé las corvas de las rodillas contra la silla y terminé desplomándose sobre esta como si fuera un títere al que le hubiesen cortado los hilos.
    Si el guantazo no me había arrancado la cabeza, fue porque Dios (o el Diablo) no quiso. Cerré los ojos y el dolor me presionó las muelas como unas tenazas al rojo vivo. Más que el escozor que salía de la mejilla, lo que me dolió fue la vergüenza al notar que dos lágrimas como dos enormes piedras comenzaban a descender por el rostro. Me sentí indefenso y sucio, como una mierda de perro pegada en la suela del zapato de un pordiosero.
    Por entre la tela acuosa que me cubría los ojos columbré la silueta de los dos tipos. ¿Cómo demonios los había dejado entrar la arpía de doña Concha? Se veía a la legua que eran dos chulos asquerosos —tal vez por eso los había dejado pasar la Ogra; al fin y al cabo, ¿cuántos meses le debía de alquiler: dos, tres, más? Ya había perdido la cuenta—, dos matones propensos a masticar tejas si alguien se lo mandaba… Lo que todavía no sabía es quién se lo había ordenado, pero estaba convencido de que lo terminaría averiguando.
    —Esa no es la respuesta que esperaba —dijo el tipo del bigote, al que le había bastado un ligero alzamiento de las cejas para que el otro fulano, un energúmeno más parecido a un armario ropero que a un ser humano, me soltara el sopapo.
     Se había sentado sobre el borde de mi cama, con las piernas cruzadas y el sombrero calzado en la rodilla izquierda. Se balanceaba hacia delante y hacia detrás. Detuvo el movimiento y extrajo una pitillera del bolsillo interior de su americana. Observé la parsimonia de sus actos hasta que la aparición repentina de la llama de un mechero me hizo parpadear y volver a la realidad, al mundo, a la habitación de mala muerte que tenía alquilada y que por unos segundos —desde la bofetada hasta que el del bigote, que se había presentado como Manuel Céspedes, encendió su cigarrillo— había abandonado. ¿De dónde coño habían salido aquellos dos? Como muy cerca, del Reino de Hades, o de algún garito de mala muerte al norte de la calle Alcalá. Una cosa tenía clara: había que aguantar mecha.
   —Me parece, señor Gil, que tendremos que empezar otra vez. —Manuel Céspedes hablaba remarcando las eses, como si bajo sus palabras se ocultara una serpiente que, en cualquier momento, iba a saltarme al cuello y lanzarme un mordisco letal.
     Me rasqué la mejilla y el escozor aumentó. Necesitaba un afeitado, pero primero había que intentar salir con vida de aquel berenjenal. El pensamiento de que quizá no llegase vivo al día siguiente también me provocó un escalofrío que el tipo del bigote debió tomar como un estremecimiento producto del miedo, porque sonrió con una mueca de asco.

Resultado de imagen de pensión madrileña años 50 blanco y negro    —Hace un momento le he dicho que la señorita Salcedo, Claudia Salcedo, tenía que actuar en su comedia. No ha sido una pregunta y usted ni siquiera tenía que haber contestado. Bastaba con haber asentido, porque era una orden. —Se encogió de hombros y dio una última calada al cigarrillo. Lo dejó caer sobre la alfombra y lo aplastó con el pie derecho. Si le quemaba el mobiliario a la Ogra, que se jodiera… o que no los hubiera dejado entrar—. Para serle sincero, amigo Gil, ¿le importa que le llame amigo? —Me encogí de hombros: con tal de que se fueran pronto podía llamarme Pablito Calvo o Pío XII, si es lo que quería—. Es la primera vez que lo veo, amigo Gil —pareció pensar unos segundos, como si el recuerdo de algún hecho lo alegrara. Sonrió y continuó—: Aunque una vez, si mal no recuerdo, vi una de sus comedias: una cosa rara que empezaba con lágrimas, ambientada en los bajos fondos, llena de gritos de angustia y que terminaba haciendo reír al público. Me gustó, la verdad.
     ¿Yo había escrito una obra con los elementos a los que el fulano hacía alusión? El sopapo debía de haberme dejado amnésico total, porque no la recordaba. El estúpido se había confundido de autor. ¿Y si había recibido por otro? Lo que me faltaba. Pero no podía ser así, porque, cuando me hablaba, me llamaba Antonio Gil, y ese era yo. Continuó:
     —Pero me estoy yendo por las ramas. —A lo mejor había suerte y de un traspié caía del árbol y se rompía el cuello—.  En fin, a mí, a nosotros, nos han dicho que teníamos que darle un mensaje, y se lo hemos dado.
     —¿Quién los ha contratado?
   Céspedes alzó las cejas y el mastodonte levantó la mano derecha. Flexioné los brazos para protegerme.
    —No, no, no he dicho nada. Lo siento.
    El percherón medio lelo se quedó con la mano levantada y miró a su jefe, quien se atusó el bigote y negó levemente. El otro adoptó una actitud más pacífica y respiré aliviado.
    —Bueno, pues ya no hay más que hablar, ¿verdad? —Atrapó el sombrero con dos dedos y se levantó de la cama—. Recuerde, amigo Gil: Claudia Salcedo actuará en su próxima comedia.
    De haber tenido más valor, de no haber tenido miedo a la mano abierta y los puños del energúmeno, de no haber notado cómo los esfínteres estaban en un tris de aligerarse y mostrar la olorosa evidencia de mi cobardía; me hubiera gustado gritar que ¡no!, que nadie, salvo yo, decidía ni quién ni cómo ni cuándo intervenía en mis obras, que por eso eran MÍAS, que por eso era un escritor íntegro e independiente y no una puta de mala muerte, que Antonio Gil Valdés no obedecía ni a Dios ni al Papa ni al Caudillo en lo concerniente a escribir.
    —Insisto, amigo Gil: la señorita Claudia Salcedo actuará en su próxima comedia. Y no es ninguna pregunta.
     —Sí.
Resultado de imagen de madrid años 50 fotos   Cuando salieron del cuarto, me lancé de cabeza a buscar el tabaco. Encontré la petaca en uno de los cajones del escritorio, bajo un puñado de folios garabateados. Por suerte también había un par de pitillos liados. Me temblaba el pulso cuando prendí la cerilla y tuve que sujetarla con las dos manos. Di un par de caladas intensas sin tragarme el humo, que formó una densa niebla cuyas guedejas se enroscaron en la media docena de lapiceros que asomaba de una jarra de porcelana recuerdo de Talavera de la Reina.

   Los problemas nunca venían solos: no había escrito ni una puñetera línea de mi nueva comedia —aunque don Serafín Cisneros, el gerente del Teatro Alameda, que ya me había adelantado mil pesetas, me la pedía día sí y día también—  y ya se pegaban (me pegaban) de tortas para obtener un papel. Y además, ¿quién cojones era Claudia Salcedo?


UN ELENCO DE PERROS, Ed. Playa de Ákaba (ya en pre-venta)
https://espacioulises.com/libreria/un-elenco-de-perros/

lunes, 22 de enero de 2018

VENTANAS DE MANHATTAN, de Antonio Muñoz Molina



SÍ PERO (QUIZÁS) NO

     SÍ. Después de más de treinta años dedicado a la literatura, tras más de veinte títulos en su haber, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) no tiene necesidad de demostrar su valía: es, quizás, uno de los cinco mejores escritores españoles en activo (Prescindo de citar los otros cuatro). Su obra ha alcanzado algunos de los más prestigiosos premios: el Nacional, en dos ocasiones; el de la Crítica; el Planeta;  el Príncipe de Asturias; junto a algunos premios allende nuestra fronteras. Es, además, miembro de la Real Academia de la Lengua y colaborador habitual en la prensa, incluso su figura e ideales son ampliamente reconocidos.

Resultado de imagen de ventanas de manhattan?trackid=sp-006      Ventanas de Manhattan, publicado hace trece años, es un libro a medio camino entre la recopilación de artículos, el diario íntimo y la descripción documental. No es un libro recomendable para aquellos que se introduzcan por vez primera en la prosa del autor jiennense: de extensión considerable (casi 400 páginas), formado por 87 capítulos que apenas presentan un hilo argumental, con ausencia de diálogo y de personajes, salvo el propio narrador. Pero aquellos que hemos seguido la trayectoria de Muñoz Molina no podemos dejar de admirar la cadencia y el desarrollo de su escritura: los largos, interminables periodos que refuerzan sintácticamente la incertidumbre semántica; la adjetivación exacta y precisa, enriquecedora; las descripciones de personas, lugares, objetos que van siempre más allá de lo meramente visible hasta alcanzar las regiones de los sentimientos. Ventanas de Manhattan es —como homenaje a una ciudad y a sus pobladores, como lugar de consulta y referencia para los estudiosos de la obra del autor— una obra magnífica.


     PERO algo no funciona del todo bien en esta inmensa remembranza. Se suceden, tal vez demasiado, las repeticiones, los lugares comunes. No es, desde luego, una obra para leer de un tirón: hay que picotear en ella, casi al azar; imitando al autor que, según narra, ha ido confeccionando la obra azarosamente, deambulando por la calles y los lugares de la ciudad. Tiene mucho esta obra de la primera que publicó: El Robinsón urbano, hace más de treinta años. Y puestas una junto a la otra comprobamos que la riqueza del estilo ha crecido y mejorado; pero las afinidades, los gustos, las preferencias por ciertos espacios, por ciertos sonidos y músicas, no se han modificado.

      NO. Ya hemos dicho que Ventanas de Manhattan no es una mala obra, pero tampoco es lo que los seguidores del escritor esperábamos. Y lo que es todavía más preocupante: de no llamarse su autor Antonio Muñoz Molina, de no ser un académico, de no ser un escritor más o menos conocido, desde luego ya consagrado... ¿qué editorial se hubiera atrevido a publicar una obra semejante, con su méritos (que los hay); pero también con su agobiante “formato”, su capítulos y temas demasiado repetidos, algunos demasiado tópicos?

       QUIZÁS todo lo anterior sea erróneo... tal vez yo esté equivocado.

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina.
Editorial Seix Barral, Barcelona. 2004. 382 págs.

sábado, 16 de diciembre de 2017

REFLEXIÓN para terminar el año

     Después de casi veinte años bregando por inculcar a los alumnos el amor a los libros y tras casi cuarenta años ejerciendo de lector compulsivo, he llegado a dos conclusiones.

     La primera de ellas es que se puede vivir sin los libros; existe una vida más allá de la lectura… pero es una vida más pobre, más limitada y, desde luego, más aburrida; una vida incompleta, quebrada y quebradiza semejante a un puzle al que le falta una pieza. El mundo actual ofrece muchas alternativas; pero todas son infinitamente menos imaginativas.

     La segunda conclusión es que existe tal cantidad y variedad de libros que es imposible que no haya ni siquiera uno que no encaje con nuestros gustos, que no nos ayude a ser mejores.

     No leer es una opción suicida. Y si algo lamento en esta vida es no disponer de muchos más años… habiendo tantos libros como todavía quedan por leer y por vivir.


Resultado de imagen de imagenes de librosFELIZ NAVIDAD
PRÓSPERO AÑO NUEVO

Un abrazo, 
queridos seguidores...

miércoles, 6 de diciembre de 2017

UN ELENCO DE PERROS, inicio


Aquí tenéis el inicio de mi nueva novela. No os olvidéis de reservarla ya. La tenéis en Espacio Ulises.



     —Españoles —el presidente del Gobierno contuvo las lágrimas, se sorbió los mocos y remató—: Franco ha muerto.

Resultado de imagen de arias navarro y franco    ¡Toma ya! ¡La espichó el cabroncete! Y el memo de Arias Navarro haciendo pucheros por la pantalla del televisor. Lo que me faltaba por ver y oír. Se le notaba a diez leguas que había salido de un colegio de pago: si le pusieran una toga se le confundiría con la madre superiora de las Carmelitas Descalzas. Unos años atrás, cuando dirigía con guantes de acero la DGS, seguro que no estaba tan compungido ordenando arrestos y torturas. En cambio, yo me contuve de gritar como un poseso; porque estaba convencido (aún lo estoy) de que aunque se ha muerto el perro, la rabia todavía no se ha acabado.


      Pero siempre hay idiotas: las prisiones, como esta, están a reventar de gente así. ¿Quién sino un imbécil se iba a dejar prender y enchironar? Un par de vainas se levantaron de la silla como empujados por un resorte y, brazo extendido, emulando a los pretorianos romanos, gritaron un «¡Presente!» que retumbó en toda la sala de estar. Cuando comprendí lo que se avecinaba fui yéndome sin prisa pero sin pausa; la experiencia me ha enseñado a escurrir el bulto y a regatear contratiempos mejor que Di Stéfano. El ademán y la actitud de los fascistas no convenció a otros energúmenos que se cagaron en el Caudillo y en su madre (que en Gloria esté, la señora, y que dudo mucho de que les haya hecho algún mal; pero hay gente que echa todos sus arrestos por la boca sin el menor miramiento). Conque, tras desahogarse con el finado y su familia, echaron mano de sendas sillas y se abalanzaron contra los cruzados de la causa fascista. ¡El rosario de la Aurora, vamos!

     In illo tempore, yo ya estaba fuera, en el pasillo, contemplando entre resignado e irónico el orden de batalla que se estaba disponiendo. Además, sabía que en unos minutos aquello iba a convertirse en un segundo Brunete y que, a no más tardar, acudirían raudos y dispuestos los guardias con sus porras de goma y sus ganas de repartir leña sin miramientos… Al fin y al cabo, cobraban por eso y para eso, los pobres. Conque me escabullí en silencio y me retiré a mi celda, donde me tumbé en el camastro mientras escuchaba los gritos y las carreras, los gemidos de dolor y los aullidos de rabia. Encendí un Chesterfield y me entretuve formando figuras etéreas con las volutas de humo.

     Para qué engañarse: a estas alturas de la película uno ya está curado de espanto. Son casi veinte años entre rejas para sorprenderse de nada ni preocuparse por lo que ni tiene solución (la estupidez humana, por ejemplo) y además es inevitable (que siempre habrá alguien que dé y alguien que reciba). Y fue en ese momento —con el telón de fondo de la algarabía como banda sonora de película en technicolor y cinemascope, a lo Cecil B. De Mille, vamos—, cuando me incorporé de la litera, cerré la puerta para atenuar el ruido y parapetarme de las distracciones, arrojé la colilla al suelo y la chafé, tomé asiento ante la mesa —bajo la ventana por la que ya empezaba a clarear un nuevo día— y decidí que ya iba siendo hora de contarlo todo, de vomitar toda la rabia y la mala hostia que se me había ido acumulando en el vientre, como una bola de brea candente que, algunas noches, me impedía dormir.

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     Hace media hora que he cogido el lapicero y he abierto la libreta que conseguí hace unos años, cuando me dio el arrebato, como ahora, de revelar toda la verdad. Pero aquella vez no pasó de un mero propósito, porque no escribí ni una maldita letra. En cambio ahora ya me he merendado casi dos hojas y noto que esa pelota de pez se va deshaciendo y vertiéndose en cada palabra, en cada línea que va cubriendo las páginas cuadriculadas de la libreta. Esta vez va en serio, lo sé.


      ¿Cuánto hacía que no había vuelto a escribir? Dejando al margen la declaración que dijeron que yo había hecho y que me hicieron firmar después de hincharme a guantazos; obviando la firma que estampé cuando, a la entrada de la cárcel, tuve que leer y certificar que era el dueño de la lista de objetos que dejaba en consigna y que estarían esperándome si algún día salía de aquí. Todavía la recuerdo: una muda, un pantalón de tergal y un cinto; una camiseta azul marino de manga corta, un pañuelo con mis iniciales (A. G. V.) bordadas; un manojo de llaves de la pensión que la bruja de doña Concha, la Ogra, debe de haber buscado desde entonces (¡que se joda!); dos caramelos de eucalipto, marca Pictolín, que los guardias ni siquiera me dejaron meterme en la boca —«Por si intenta usted suicidarse», se pitorrearon— y que, claro, después de casi dos decenios milagro será que estén todavía allí; un mechero y media cajetilla de Peninsulares que seguro que se habrán fumado, y setenta y tres pesetas con cincuenta céntimos. ¿Cómo demonios puedo acordarme de todo eso? Pues porque no he hecho otra cosa durante estos años que darle vueltas al tarro sobre cómo y por qué me prendieron. Pero a lo que iba —ya habrán notado ustedes mi propensión a las digresiones y a los incisos, conque vayan acostumbrándose…

      Hacía más de diecinueve años que no había vuelto a ponerme delante de una libreta con el lapicero en la mano. Mucho tiempo, demasiado; así que el lector —si alguna vez esta historia consigue traspasar los barrotes y los muros de esta celda— sabrá perdonar mi pobre estilo y, sobre todo, si en alguna ocasión —como en la de arriba— me pierdo en disquisiciones. Son muchos años de pensar y de cavilar, sin soltar prenda.


Resultado de imagen de pensión madrileña años 50 blanco y negro      De ley es empezar por el principio que, en mi caso, es más bien el final: me llamo Antonio Gil Valdés y fui detenido el jueves 19 de julio de 1956, a las ocho menos cuarto de la mañana, en Madrid. Los golpes contra la puerta de la pensión y luego los pasos firmes y decididos por el pasillo tuvieron que advertirme del peligro. ¿Pero adónde ir y cómo salir del cuartucho de mierda que la Ogra me había alquilado por cuarenta duros al mes? Abrir la puerta de una patada, gritar mi nombre y ordenarme que me levantase en el acto y me vistiese, fue todo un parpadeo, cuestión de segundos. Apenas me dio tiempo a incorporarme en el lecho y ya el primer bofetón me arrojó de la cama, haciéndome aterrizar sobre la alfombrilla y el orinal, que volqué y ensució la esterilla e impregnó el cuchitril de un tufillo ácido, de espárragos. Me vestí entre espasmos y temblores —de miedo y de rabia—, bajo la furiosa mirada de un poli con cara de mala hostia y cubierto de correajes blancos, mientras otros dos arramblaban con la habitación: abrían las puertas del armario y los cajones y vaciaban la poca ropa y las escasas pertenencias que poseía, volcaban las dos sillas y desparramaban las carpetas, las libretas, la media docena de libros y los puñados de lápices que cubrían el pequeño escritorio ante la ventana, estrecha y sucia, que daba al patio interior. Algunos libros me los había dejado unos meses atrás Robert Taylor: a él se los habían traído de Argentina o México. Eran títulos prohibidos, obviamente… pero los cazurros de los guardias no iban a detenerse leyendo los títulos. Yo ya era culpable.

       Doña Concha hizo amago de emitir alguna queja, pero la saña con que los policías se empleaban y la cara de perro rabioso del que parecía el mandamás la hicieron desistir. Me sacaron a empujones de la habitación y del piso, sin permitir que me atacase los faldones. Bajé a trompicones la estrecha escalera del edificio y no sé ni cómo no me rompí la crisma con la barandilla metálica, porque, empujado sin miramiento en varias ocasiones, la golpeé más de una vez, como si fuera un huevo hervido que hubiese que romper con la frente, cuando era un muchacho e iba a comerme la mona a la sierra con las chavalas del pueblo.

      Me arrojaron de un empujón, aderezado con algún que otro puntapié, dentro de un furgón del que no recuerdo el color, pero sí el hedor a sudor y miedo que emanaba de su interior. Fui conducido al edificio de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, junto con otros dos individuos tan amedrentados como yo. Nunca más he vuelto a verlos: uno lloraba en silencio, torciendo el gesto en muecas grotescas que, en otra ocasión, me hubieran hecho reír, pero que en aquel momento hacían que mis esfínteres se dilatasen; el otro permanecía en silencio y con la cabeza gacha. En los sótanos de la DGS recibí una somanta de hostias de la que salí vivo de milagro; pero con los calzones sucios y una muela menos. Cuando paso la punta de la lengua por el hueco todavía me duelen las mejillas y las costillas, como si una punzada de dolor y de miedo hubiera sustituido a la muela. ¡Qué calor hacía ese día, rediós!

Resultado de imagen de carabanchel carcel      Dos días más tarde me obligaron a firmar una declaración cuyas palabras nunca recordé que dijera; aunque, sin duda, hube de proferirlas en aquellas horas de delirios y angustia, porque eran verdades como puños.

    Después —¿dos o tres días, una semana? Perdí la noción del tiempo— me llevaron ante un tribunal que me juzgó y condenó a cadena perpetua. Sé que ingresé en la prisión de Carabanchel el día 25 de julio de 1956, bajo un sol del copón bendito que hacía relumbrar las paredes encaladas y te obligaba a caminar entrecerrando los ojos porque era como si el cochino astro rey se hubiera instalado en las paredes altísimas del patio de la prisión. Y desde ese momento ni pude (no me dejaron durante los primeros años), ni quise (después había perdido la ilusión y las ganas) volver a escribir. Durante todo este tiempo me he sentido seco, hueco y asqueado, tan yermo como el patio por el que salíamos y salimos cada mañana, llueva o nieve o nos asemos bajo el sol, hastiado por todo lo que he observado en derredor. Tal vez sea el momento de llenarme de nuevo.

Un elenco de perros, Ed. Playa de Ákaba (en prensa, ya en pre-venta)