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sábado, 23 de septiembre de 2017

EL SECRETO DE ORCELIS, de Manuel Mira Candel


Resultado de imagen de el secreto de Orcelis     Dándole la vuelta al conocido adagio, podemos asegurar que no hay novela buena que no contenga algo malo. El secreto de Orcelis (Premio Azorín de Novela 2004) de Manuel Mira (Orihuela, 1945) es un ejemplo paradigmático de ello: si en conjunto podemos considerarla como una novela aceptable y bien escrita, no por ello debemos dejar de señalar ciertos altibajos en su desarrollo, sobre todo en las primeras páginas, las cuales se nos presentan demasiado farragosas, repetitivas.
     

        En Apostillas a El nombre de la rosa Umberto Eco argumentaba que cada autor debe elegir y seleccionar a su lector modelo: una complicación o un desarrollo lento en las páginas iniciales supone una criba que delimita el número de lectores que se verán agraciados con el regalo posterior. Algo similar parece desprenderse de la novela de Manuel Mira: el primer capítulo se muestra repetitivo, exigente en demasía (sobre todo en las escenas que tienen lugar en el avión); situación que se relaja un poco en el segundo capítulo, pero que aún así presenta una acción demasiado diluida, rebajando la tensión que debería transmitir al lector.
Pero una vez superado este escollo hemos de admitir que la novela no defrauda.
        
       La obra, compuesta de seis extensos capítulos, está narrada en primera persona. No obstante el narrador y protagonista, Teodomiro Arango, recupera testimonios (mediante cartas, diálogos y grabaciones) de otros personajes; de tal modo que la novela contiene múltiples perspectivas: la focalización se rompe y se convierte en un mosaico. Cada personaje pone su pequeña piedrecita; el narrador será quien en última instancia —como un artesano— las una todas para confeccionar la obra de arte. Antes de entrar en el quirófano, donde le será realizada una delicada operación coronaria, el escritor Teodomiro Arango pasa revista a una vida regida por una obsesión: las tribulaciones de su abuelo, don Bartolomé Arango, desde que la suerte navideña decidió convertirlo en millonario a principios del siglo XX hasta su muerte en 1949. Una vida repleta de sobresaltos y ocultada por el silencio de la familia, que la consideró deshonrosa. A través de la reconstrucción que realiza su nieto vamos comprendiendo y descubriendo esa supuesta vida poco honesta del abuelo.

     La narración va alterando el pasado del homenajeado con el presente del narrador, temeroso y dubitativo ante la operación inminente. Al final el secreto del título nos es desvelado y comprendemos que, como ya dijo Pascal, el proceso de la caza siempre fue más interesante que la pieza cobrada. El milenario recurso del amor es el arcano oculto que se nos revela. Pero también comprendemos que en ese proceso, en esa búsqueda de datos, el propio narrador se ha definido como persona. Ejemplos de este tipo de novela-búsqueda son múltiples en la literatura española de las últimas décadas: desde Beatus Ille de Muñoz Molina hasta La gran ilusión de Sánchez Ortiz, pasando por El expediente del náufrago de Luis Mateo Díez. La novela de Manuel Mira es una muestra más de este tipo de ficción que, desde luego, no desmerece de sus antecesoras.

Resultado de imagen de manuel mira candel      La constante referencia a un cuadro (como ocurriera en El jinete polaco de Muñoz Molina) que perteneció al abuelo Arango sirve de leit-motiv y excusa para la reconstrucción de una vida intensa y, de pasada, el homenaje a una ciudad. A nadie escapa que bajo el topónimo ficticio de Orcelis se oculta Orihuela. No es práctica inusual en la literatura. Basta recordar la Vetusta de Clarín (Oviedo), Yécora de Baroja (Yecla), Mágina de Muñoz Molina (Úbeda) o la propia Orihuela, a la que Gabriel Miró convirtió en Oleza. Evidentemente el autor no pretende engañar a nadie: es su capacidad para crear ficciones lo que reivindica al utilizar este mecanismo literario. Bautizar con un nombre nuevo a una localidad es también dotarla de un nuevo rostro: ya no es necesario describir ni retratar detalladamente los lugares y las personas de la urbe en un afán realista y verídico. La libertad de movimientos es, entonces, mucho mayor. Y el lector lo agradece.


     La novela es también un homenaje, o si se prefiere, una deuda familiar que (suponemos) necesitaba ser saldada. De un modo u otro, todos (lectores, personajes y autor) tenemos nuestras cuentas pendientes; novelas como esta nos lo recuerdan, afortunadamente.

Manuel Mira Candel,
El secreto de Orcelis,  Planeta, Barcelona. 370 páginas.

miércoles, 14 de junio de 2017

Entrevista con el autor de DESTILANDO FANTASMAS


«Escribo las novelas que me gustaría leer», afirma José Payá. «Puede parecer una obviedad, pero no siempre es así».

    «Por favor, toma asiento», me dice José Payá Beltrán tan pronto como me hace pasar a su despacho. Es una estancia atestada de libros, donde sin duda han de existir paredes, pero son totalmente invisibles tras la gran cantidad de estanterías colmadas de títulos. Me quedo boquiabierta: he llegado al paraíso del lector.

    Nos sentamos el uno frente al otro, separados por una mesa repleta de papeles, volúmenes, un ordenador portátil, un atril de madera donde hay una lupa inmensa, tarros con lapiceros y bolígrafos, una impresora, una foto familiar. Es un caos, y se lo digo.

    «No te creas», me aclara. «Soy de los que se manejan muy bien en el desorden, que no es tal. Es un desorden ordenado donde conozco el lugar de cada cosa».

    Luego me pide que, por favor, lo tutee.«Y llámame Pepe», insiste. Sonriendo le muestro la grabadora que deposito encima de la mesa, junto a los dos volúmenes del diccionario de la RAE. Pulso el botón y empezamos.

¿Por qué otra vez Destilando fantasmas? ¿Acaso ya no tienes más ideas y echas mano de lo anterior?

    [Sonríe] Siempre tengo ideas. El año pasado publiqué un nuevo libro, Morirás muchas veces. Y hace menos de un mes que he terminado otro. Además, tengo tres novelas y un libro de cuentos en el cajón de mi escritorio… esperando que alguna editorial desee publicarlos. No es tan fácil. Yo he tenido suerte. Hay quien ha tenido más, por supuesto; pero no yo me puedo quejar… y no me quejo.

    En cuanto a por qué publicar de nuevo Destilando fantasmas. La novela funcionó bastante bien en papel, dadas las circunstancias: la editorial era pequeña y de provincias, la promoción corría toda por mi cuenta… Siempre he pensado que es una novela que merece mejor suerte, que el público lector debe conocerla y por cuestiones de distribución no llegó a conocerla en su día. Ahora, en su formato digital, cualquier persona desde cualquier lugar del mundo puede acceder a ella en apenas unos minutos. Se lo propuse a Ade [Se refiere a Adelaida Herrera, editora de Click Ediciones] y la convencí. La novela le gustó y no es para menos…

¿Tan buena es?

   Yo no soy el más indicado para decirlo… Está algo mal que yo lo diga, pero sí, objetivamente es una novela notable. Alguien te dirá que es más, que es sobresaliente. No voy a decir que es mi mejor novela, porque un escritor siempre intenta que su última obra sea la mejor, y desde 2007 he publicado cuatro títulos más. Pero sí diré que es mi obra preferida, la que más gratos recuerdos me trae, en la que mejor (y peor) me lo he pasado mientras la escribía. Apenas tenía 30 años y estaba pletórico de energías y de optimismo. Voy notando el paso del tiempo en mi ritmo de escritura y también en mi estilo; los años no pasan en balde, desde luego.

Tendrás que aportar más pruebas, más argumentos para convencerme y convencernos de que la novela merece la pena.

    ¿Te gusta leer?

Sí, por supuesto.

    Porque esta novela está dirigida hacia un público que disfruta leyendo. El lector modelo de Destilando fantasma no es esa persona que necesita todo un año para leer la última novedad de la librería, la que ha comprado movida sobre todo porque todo el mundo la compraba. No. El lector de mi novela ha de pasar por unas páginas iniciales —la primera parte de la obra— muy exigentes.

¿Aburridas?

    En absoluto, que va… Todo lo contrario. Cuando escribí la novela tenía en mente El nombre de la rosa, de Eco, pero trasladado al universo de las primeras novelas de John Irving, de El mundo según Garp, Una oración para Owen Meany o El Hotel New Hampshire. La primera parte de la obra es la presentación pormenorizada de los personajes: un grupo de estudiantes españoles que estudian y trabajan en la Universidad de Ohio, en la ciudad de Columtown, un trasunto de Columbus. Durante casi cien páginas asistimos a sus líos amorosos, a los devaneos sexuales, a los problemas intrínsecos que se hallan en el hecho de impartir clase, a las dudas juveniles, a las conversaciones sobre muchos y variados temas, a la nostalgia de la patria lejana… Te puedo garantizar que no se trata, para nada, de una parte aburrida. Eso sí: es una criba.
¿Y luego? Porque si es una prueba para el lector, imagino que habrá un premio, ¿no?

   El mejor de los premios: la imposibilidad de no poder dejar de leer y, además, de introducirte completamente en la historia. Imagina que tras esa vida rutinaria y anodina, el grupo de amigos se embarca en una aventura intelectual que se convertirá, en algunos casos, en una obsesión: en una obsesión peligrosa que les traerá trágicas consecuencias.

¿Un asesinato?
  
   Por supuesto, los que me conocen saben que me niego a escribir más de cien páginas sin matar a nadie.

Y nos reímos los dos. Lo dejo continuar porque no deseo cortar la vehemencia y la ilusión que transmiten sus palabras.

    Imagina que estás leyendo un libro tomado en préstamo de la biblioteca. De una biblioteca de once plantas como la que, realmente, existe en esa universidad. Durante tu lectura adviertes que algunas de sus palabras están marcadas y que, al unirlas, puedes formar un enunciado, un mensaje que te conduce a otro libro. Y buscas ese libro y vuelves a hallar las palabras marcadas que te llevan a un tercero y así, libro tras libro, sucesivamente, se va configurando el mensaje definitivo y, también, la novela.

Suena interesante.
    
    Es interesante. Además, ten en cuenta que la acción sucede a mediados de la década de 1990, en un tiempo previo a Internet, cuando el conocimiento debía ser extraído de los libros tras consultas lentas y meticulosas. Me encanta la sensación de buscar datos entre los libros. Soy un tipo anticuado, claro. Hoy en día basta un click para tenerlo todo.

Te ahorras mucho tiempo.

    Sin duda, pero a veces me pregunto para qué tanto ahorro de tiempo. ¿Has leído El principito?

Sí.

    ¿Recuerdas un capítulo en que aparece un señor que quiere venderle al Principito unas pastillas para calmar la sed? El vendedor argumenta que tomando esas pastillas se sacia la sed y así disponemos de más tiempo. ¿Para qué?, pregunta el Principito. Para tener más tiempo libre, dice el vendedor. Y entonces el Principito comenta que si él dispusiera de tanto tiempo libre lo que más le gustaría sería invertirlo en un tranquilo paseo hasta una fuente de donde brotase un chorro de agua fresca y cristalina, a la sombra de los árboles.

Sé lo que quieres decir.

   Verás, cada vez me cuesta más escribir novelas, crear argumentos que se desarrollen en la actualidad. No tengo ninguna duda de que el teléfono móvil, Internet y todo el resto de elementos tecnológicos han hecho más cómoda nuestra vida. Sin embargo, me resulta muy difícil introducirlos en mis novelas. Quizás porque no tengo teléfono móvil, no sé… Pero lo cierto es que estoy más cómodo escribiendo sobre un tiempo anterior a esta revolución tecnológica. Mi última novela, todavía inédita, se desarrolla en las décadas de los 50 y de los 70… Literariamente hablando me parecen épocas más cómodas sobre las que escribir que este siglo XXI.

Pero necesitarás más documentación.

   No me importa. Disfruto mucho documentándome. Invertí varios años en documentarme para escribir Destilando fantasmas.
Nos hemos ido un poco del tema.
   
   ¿Que era…?

Razones para leer Destilando fantasmas. Tenías que convencerme de que la leyese.

    ¿Y lo he hecho?

    Le sonrío, apago mi grabadora y le pido permiso para hacerle algunas fotografías. No muchas porque se nota que no está cómodo ante la cámara. Luego le doy las gracias y me despido.


     Creo que las razones para leer o no una novela ha de proporcionarlas el propio lector.

sábado, 27 de mayo de 2017

NO lea Destilando fantasmas: razones y advertencias


     Aquí van algunas razones, no muchas porque no deseo cansar al lector, de por qué NO debe usted leer Destilando fantasmas.

    Razón primera: porque usted es una persona que desea profundamente aburrirse, pasarse las horas mirando las esquinas del techo de su salón, los días tumbado en el sofá con los ojos entornados decidiendo si volver a dormirse o no, mientras al fondo, muy lejos, se escucha como un rumor proveniente de la caja tonta. Le prevengo: si desea conservar este modo de vida, NO lea Destilando fantasmas.

   Razón segunda: porque no le gusta el cine, ni la pintura, ni mucho menos la literatura, claro, y como precisamente Destilando fantasmas habla de cine, pintura y literatura, además de amor, odio, sexo, amistad, historia, misterio, muerte, pues es mejor que NO lea esta novela.

    Razón tercera: por que odia los vicios, rechaza de plano las adicciones, es una persona íntegra y pura, que se cuida, que duerme las horas prescritas, que no trasnocha innecesariamente y luego se levanta con tiempo de sobra para desayunar como recomiendan los dietistas. Puesto que Destilando fantasmas le generará adicción e insomnio, NO la lea.

    Y, francamente, ya no se me ocurren más razones objetivas para que NO lea esta novela.

      Las razones para que la lea debe darlas usted.

lunes, 22 de mayo de 2017

DESTILANDO FANTASMAS

Mañana, día 23 de mayo, Destilando fantasmas llega a las librerías virtuales.

Aquí va un adelanto.


Bonn (Alemania), otoño de 1935

  
      —Han sido unos valientes —afirmó el profesor Franz Kellermann.
    —Han sido unos valientes porque están lejos de aquí. Esa es, en cierto modo, su valentía. Y además —aclaró Herman Schlegel—, el pobre Ossietzky nunca recogerá el premio porque está muriéndose en un sucio hospital carcelario.
     Un comité designado por el Parlamento noruego había otorgado el Premio Nobel de la Paz al periodista y pacifista Karl von Ossietzky. Nadie se desplazaría a Oslo a recogerlo, pues desde 1932 el galardonado permanecía encarcelado por sus críticas al gobierno nacionalsocialista. Y mientras los políticos escandinavos lanzaban un pulso al III Reich, Ossietzky, víctima de la tuberculosis, moría lenta pero irreversiblemente entre accesos de tos y vómitos de sangre, bajo la férrea vigilancia de enfermeros y carceleros.
     Anochecía. Los viandantes habían comenzado a desaparecer. Algunos paseantes, desafiando la noche gélida, se defendían de las bajas temperaturas alzando las solapas de sus abrigos y chaquetas, inclinando hacia delante las alas de sus sombreros. Desde el río se levantaba una tenue niebla que paulatinamente iba adquiriendo más consistencia. A través del amplio ventanal de la cafetería, sumergido en el ambiente tibio y acogedor de las conversaciones, el profesor Franz Kellermann presintió que en unos minutos la bruma sería un manto denso e impenetrable. Tenía que volver a casa.
    —También Mann se fue... Ahora está en Suiza, o quizá más lejos. —Eran unos pensamientos en voz alta, sin ningún destinatario concreto. Un desahogo todavía permitido en un país donde unas leyes absurdas, crueles y racistas lo habían privado de sus clases en la universidad. Desde la muerte de su esposa, Kellermann solía pensar en voz alta, sin hablar a nadie en particular. Sus conocidos lo sabían y lo aceptaban. Las grandes desgracias conceden ciertos privilegios a quien las sufrió.
    El profesor Kellermann dio el último sorbo a su café y dejó la taza sobre la mesilla redonda, pequeña, atiborrada de platos, periódicos, ceniceros y vasos. Siguió pensando en voz alta.
    —Hesse hace tanto que se marchó... que ya casi nadie lo recuerda. También salieron de aquí Brecht... y Weill... Aquí ya no queda nadie.
     —Solo ustedes... —Concluyó Karl-Wolfgang Forster, el más joven de los tres: el antiguo alumno que se resistía a perder drásticamente el contacto con sus profesores, con sus amigos.
    —Los más tontos, los últimos monos. —Ahora era Herman Schlegel quien vertía su rabia contenida sobre la mesa y los contertulios.
     —Rebeca es todavía una niña... demasiado pequeña para un viaje tan largo —dijo Kellermann.
     —¡Excusas! —Schlegel se mostraba enfadado— Eso mismo dijiste al principio de todo. Y ya han pasado más de dos años. El tiempo suficiente para que todos se fueran. ¡Todos! menos nosotros.
     —Entonces la situación era bien diferente...
   —Desde luego que sí. Teníamos un trabajo, unos estudiantes que querían imitarnos, que nos escuchaban cada día en silencio, ensimismados. Y se nos respetaba. Teníamos una vida: ahora solo nos queda huir, ocultarnos tras las persianas, bajar de la acera cuando nos cruzamos con un maldito fantoche con uniforme y brazalete. ¿Qué demonios hacemos aquí, Franz?
    Nadie respondió.
    Como era de prever la niebla se había convertido en una sábana cuya blancura cegaba al caminante hasta extraviarlo. Lentamente —tenía todo el tiempo del mundo— el profesor Kellermann se levantó de su silla. El joven Karl apagó su cigarrillo y lo imitó. Schlegel los miraba sentado, alzando el cuello, con una expresión de resignación y de tristeza.
   —Me voy a casa. Es tarde. Quiero darle un beso a Rebeca antes de que se acueste —dijo Kellermann.

    El espesor de la niebla les impedía ver más allá de sus narices, y el frío les obligaba a encoger los hombros buscando un mínimo de abrigo y de protección. Los tres hombres caminaban muy juntos, como si quisieran compartir el poco calor corporal que emanaban. De cuando en cuando se detenían, intentaban reconocer una fachada, el letrero de alguna calle, el escaparte de una tienda que pudiera servirles de referencia. Las farolas, ya de por sí escasas, vertían una luz lechosa e insuficiente que apenas podía abrirse camino entre la selva blanca y húmeda que parecía engullirles.
    —¿No nos habremos perdido, verdad? —Schlegel era el más pesimista de los tres.
    Kellermann sonrió y no respondió. Schlegel volvió a insistir en su pregunta.
    —No se preocupe, profesor —contestó Karl—. Vamos bien. Primero paramos en casa del profesor Kellermann y luego en la suya.
    —¿Y tú, muchacho? —Había cierta preocupación en la pregunta de Kellermann.
    —No se molesten por mí... En un momento estoy de vuelta en casa —podía haber añadido «al fin y al cabo, yo soy alemán»; pero le pareció de mal gusto aquel comentario—. Me conozco el camino con los ojos vendados.
    —Esta es una venda blanca; pero igual de efectiva —añadió Kellermann.
   De repente los faros de un automóvil se abrieron paso a través de las volutas de niebla. Pasó silbando ante ellos y más adelante, apenas cien metros, dio un frenazo. Los tres hombres se detuvieron y se pegaron a la fachada más cercana, en silencio.
   Muy pronto oyeron los gritos y las canciones, las puertas que se abrían y cerraban, las botas golpeando sobre los adoquines húmedos y resbaladizos. Muy pronto sintieron el miedo que les atenazaba las piernas y les impedía moverse, correr, huir de la furia que iba a desatarse de un momento a otro.
   Entonces llegó el ruido de los cristales rotos. Los golpes se repetían alternados con carcajadas monstruosas intensificadas por la invisibilidad en que la niebla lo había envuelto todo. Una luz se encendió en el interior de la vivienda. Solo en ese momento, los tres viandantes alcanzaron a apreciar, en los pedazos de vidrio que colgaban de la parte alta del escaparte,  los trazos quebrados de unos insultos pintados sobre el cristal, y los rasgos inequívocos de la estrella de David.
   —Son las Fuerzas de Asalto —musitó Karl.
   —Son unos asesinos que tienen permiso para incendiar la ciudad... si quisieran —Schlegel no era un hombre alegre porque no había ninguna razón para serlo.
   Armados de palos y barras de hierro, aquellos individuos cuidadosamente uniformados entraron en la tienda a través de la luna rota. Y justo en ese momento se abrió una puertezuela que apenas se apreciaba, junto al escaparate hecho añicos. Un pequeño recuadro de luz iluminó la acera, abriéndose camino entre la bruma. Comenzaban a oírse los gritos de miedo y de dolor, las risas y los cantos de prepotencia, los golpes de los palos y las barras metálicas: el estruendo de la destrucción del débil y del indefenso.
   Los tres hombres, paralizados por el miedo y la curiosidad, vieron la pequeña figura de un niño deslizándose lentamente por la puerta abierta. Tenía el cabello revuelto y temblaba quizás de terror o tal vez de frío, porque únicamente vestía una larga camisa de adulto que le llegaba hasta las rodillas. Andaba descalzo. Cuando cruzó completamente el umbral, echó a correr.
    Kellermann notó el golpe en el vientre. El niño había estado corriendo y mirando hacia atrás, temiendo que alguien lo siguiera. La niebla, la oscuridad, el frío y la prisa habían provocado el encontronazo. Karl sostuvo al profesor e impidió que este cayera; pero el niño salió despedido hacia atrás y rodó por la acera. Luego se levantó de un brinco, miró con ojos infantiles y de asombro a los tres hombres que parecían haber surgido de la nada, y reanudó su huida.
   —¡Muchacho! —gritó Schlegel, pero inmediatamente advirtió su imprudencia. Lo que añadió después lo dijo únicamente para sus dos compañeros—. Se le ha caído esta bolsa.
     Sostenía en la mano un pequeño saquito de terciopelo, atado en un extremo con una cuerda. El muchacho se perdía en la blancura de la niebla. Por un momento las plantas de sus pies lanzaron un destello de humedad que recordó el golpe de un látigo o un relámpago velocísimo que intentara abrirse camino entre la densa bruma. Fue lo último que vieron de él.
    —¿Qué es? —preguntó Karl acercándose.
    Habían vuelto a la acera, con las espaldas pegadas a la fachada de un edificio invisible. En la tienda seguían los gritos de dolor y de crueldad. Schlegel se afanaba en deshacer el nudo.
    —Sea lo que sea... pesa lo suyo. —Palpó la bolsa—. Parece una bola... —Rectificó—. No, un cuadrado algo irregular...
    Por fin había conseguido desatar la cuerda y ahora buscaba en el interior del saquito. Cuando extrajo la mano, los tres hombres sintieron que el corazón se les aceleraba.
    —¡Cielo santo! —dijo Kellermann—. Es el diamante más grande que he visto en mi vida.
    Y era cierto.
    Entonces el estruendo y el fogonazo de un disparo surgieron del escaparate destrozado. Y durante unos segundos —que parecieron horas— el silencio más absoluto se adueñó de la calle y del interior de la vivienda.
https://www.planetadelibros.com/libro-destilando-fantasmas/248135



jueves, 18 de mayo de 2017

DESTILANDO FANTASMAS y la música



     Cuando hablo de Destilando fantasmas, siempre pienso en que su invención y redacción tuvo cuatro momentos significativos, cada uno de ellos ligado a un tipo de música que se relaciona, obviamente, con mis gustos particulares en diferentes épocas de mi vida.

     El primer momento es aquel previo a la novela, cuando ni siquiera había pensado en ella. Durante el otoño de 1994 viví en Columbus (Ohio), a la sombra de su universidad. Durante aquellos meses, cuando todavía no había imaginado que mis experiencias podían ser el germen de esta novela, escuchaba sobre todo Mucho más que dos, de Ana Belén y Víctor Manuel, en un CD doble y en directo, donde la pareja canta con Serrat, Sabina, Antonio Flores o Pablo Milanés. Era el único CD que me había llevado a Estados Unidos. Lo escuchaba todas las noches, mientras cenaba solo, en un apartamento en donde no había televisor y detrás de los cristales el frío cubría de escarcha el paisaje. Mis amigos me habían dejado un aparato reproductor que también tenía radio, que nunca sintonizaba porque apenas podía entender dos palabras y media. Luego, a lo largo de la jornada, casi no escuchaba música salvo los hilos musicales que me acompañaban en mi paseo por las librerías o mis visitas a los supermercados.


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     Entonces me cantaba a mí mismo, tarareaba lo que deseaba escuchar: la banda sonora de Vértigo, de Hermann; la de Hasta que llegó su hora o Érase una vez en América, ambas de Morricone; «Space Oddity» y «The Man Who Sold the World», de David Bowie, aunque esta última en la versión acústica que Nirvana había grabado ese año y que, en cierto modo, fue una aviso de la decisión que poco después tomaría Kurt Corbain; una vieja balada de Scorpio, «Still Loving you»; una de las melodías más hermosas que nunca se han oído: «The Way We Were», con la voz de la Streisand; Serrat cantando el «Romance de Curro el Palmo». Cuando faltaban dos semanas para regresar a España escribí el cuento «Las largas avenidas» en un ordenador de la biblioteca y lo imprimí allí mismo, en hojas de papel continuo que luego separé, grapé y regalé a mis amigos: Mari Paz, Rosa, Eileen, Esteban. Me recuerdo tecleándolo al tiempo que tarareo Verano del 42, de Michel Legrand.

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     El segundo momento comienza poco después de llegar a España, ya en 1996, cuando advierto que este cuento bien puede ser el inicio de algo más extenso. Y comienzo a documentarme y empiezo a escribir casi en un estado febril, sin apenas detenerme a corregir porque las ideas brotan tan precipitadamente de mi cabeza hacia los dedos que no tengo tiempo para pararme y cribarlas: a una idea se sucede otra y otra y luego una tercera que viene a mejorar las anteriores. Vuelvo a escuchar la misma música que oía en Ohio, a la que añado los boleros clásicos de Los Panchos, como «El reloj» y «La barca», o «Esta tarde vi llover», de Manzanero; pero sobre todo es Chet Baker, su voz y su trompeta, los que pueblan las noches casi en vela que empleo escribiendo Los recodos del camino, porque ese es el título de la novela que está construyéndose sobre la pantalla del ordenador: «My Funny Valentine», «There Will Never Be Another You». Termino la novela el día de San José de 1999. Imposible olvidarlo porque ese mediodía se casa mi hermano. Yo me levanto muy temprano, escribo las últimas páginas y las imprimo para añadirlas al montón que se ha ido levantando poco a poco a lo largo de más de dos años.

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    El tercer momento va desde ese 19 de marzo de 1999 hasta diciembre de 2007. Casi ocho años en los que la novela es releída decenas de veces, corregida, pulida, modificada. La presento a varios concursos sin éxito; me la devuelven de un puñado de editoriales porque no entra en su “línea editorial”. Poco a poco la novela va mejorando al ritmo de «Losing my Religion», de REM; de «Wonderwall», de Oasis; de «Smells Like Teen Spirit», de Nirvan; de «El canto del gallo» y «37 grados», de Radio Futura; de las melodías aterciopeladas de Chet Baker. A finales de 2007, consigo “engañar” a Luis Bonmatí, el editor de Agua Clara, quien antes de publicarla me sugiere dos modificaciones: cambiar el título y aligerar la primera de las cuatro partes de que consta la obra. Hago más: Destilando fantasmas, que era el título de la primera parte de la novela se convierte en el título y este, «Los recodos del camino», pasa a encabezar la primera parte; suprimo un capítulo completo de la primera parte titulado «Vida de Luis». Sin embargo, añado el prólogo localizado en Bonn en 1935. Y la novela se publica.


Resultado de imagen de estopa en concierto    El último momento es más reciente. A finales de 2016 pienso que Click Ediciones pudiera estar interesado en mi novela. Hablo con Adelaida Herrera, su editora; le envío la obra. A pesar de saber que es ya una novela publicada en papel, aunque con una distribución limitada casi exclusivamente a la provincia de Alicante, Adelaida da el visto bueno. La novela les encanta. Es el momento de volver a releerla —no lo había hecho desde que en 2007 había corregido las pruebas de imprenta—: sigue emocionándome. La limpio, suprimo lo que me parece una cantidad inmensa de puntos suspensivos; añado alguna palabra u oración; elimino erratas, subsano errores… En esta ocasión al ritmo que mis hijos escuchan y que me llega desde sus habitaciones: One Direction, 5 Seconds of Summer, Pablo Alborán, «Hey, Brother» de Avicii, El canto del loco, «Animals» de Maroon Five, «I Me Mine» de Los Beatles y «Hard Life» de Queens, el viejo sonido de Mecano cantando «Cruz de navajas» o «Entre el cielo y el suelo», canciones de Estopa que me devuelven a otros tiempos.