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domingo, 23 de septiembre de 2018

IMPERIOFOBIA, o las mentiras que sostienen nuestro presente


Resultado de imagen de imperiofobia     Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español es un ensayo, con prólogo de Arcadi Espada, tan documentado como ameno, escrito por la historiadora María Elvira Roca Barea, y publicado por Siruela en octubre de 2016. La edición que yo he leído es la 18ª, y corresponde a junio de 2018. Que un ensayo histórico (o de cualquier tipo) alcance tal número de ediciones en tan poco tiempo dice mucho sobre el tema tratado, el interés del lector y el estilo divulgativo (pero serio) que emplea la autora. De todos los libros que he leído este año (y han sido muchos) este es, con diferencia, el mejor de todo: leerlo ha supuesto abrir los ojos y la mente, llenarme de datos y conocimientos que durante siglos habían sido intencionadamente ocultados o tergiversados, cuando no directamente inventados. Al acabar su lectura solo me cabe una pregunta: ¿qué historia (es casi un eufemismo) me han estado contando hasta ahora? IMPRESCINDIBLE.



     Leo sobre las guerras (mal) llamadas “de religión” en los Países Bajos durante los siglos XV y XVI, y no puedo dejar de pensar en otras situaciones conflictivas que sobrevuelan desde hace algún tiempo nuestro país. Roca Barea escribe (pp. 259-260):

      «No había solución al problema de los Países Bajos por una razón, porque una de las partes quería lo que la otra tenía: el poder. Y no hay en tal caso más remedio que arrebatarlo. […] Primero se pidió que los 3.000 soldados españoles de la frontera francesa se marcharan y se marcharon. Y no hubo paz. Luego se pidió que Granvela [representante imperial] se fuera y Granvela se fue en 1564, pero no hubo paz. Después se pidió la retirada de la alcabala [un tipo de impuesto], lo cual dejaba al gobierno central, que acarreaba con los gastos de la rebelión, sin capacidad de tributación, y el duque de Alba, no sin resistencia, la retiró. Tampoco hubo paz. Después se pidió que Alba mismo se marchara y Alba se marchó. Pero tampoco hubo paz. ¿Entonces? Como Granvela escribió en una carta redactada tras la marcha de los soldados de la frontera: «Antes o después habrá problemas aquí con otro pretexto». El problema es que los pretextos han sido confundidos con la verdad histórica. La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia; o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder es ganar.

      »El nacionalismo necesita siempre un enemigo, ya que no sabe construir en positivo, hacia arriba y hacia delante, sino hacia atrás y hacia abajo. Busca la fragmentación, ya que el control de lo pequeño es siempre más fácil que el de lo grande. En el caso de Holanda, el nacionalismo se construyó segregando un enemigo que se llamaba España y está, por lo tanto, en las señas de identidad que ese nacionalismo dibujó e impuso a esas naciones con el razonamiento simple pero eficaz de “estás conmigo o eres un traidor”».

     Como recientemente escribió Felipe Benítez Reyes, «[estamos] convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión, ya sea cualificada o intuitiva»; es decir, seguro que alguien tendrá alguna cosa que opinar a las líneas anteriores y a lo que de ellas se desprende. Por favor, antes de hacerlo que se lea las casi 500 páginas del ensayo de Roca Barea… y luego que opine en voz alta.

       Gracias.



sábado, 15 de septiembre de 2018

METALES ROJOS, de Rodrigo Díaz Cortez


DESCENSO A LA REALIDAD

    Desde las primeras líneas del primer cuento que conforma este volumen, «Río abajo», el lector se da cuenta de que ha entrado en un universo asfixiante al tiempo que real, un mundo que es el nuestro pero que nos empeñamos en maquillar y ocultar porque, evidentemente, nos desagrada. La literatura no está solo para entretener y divertir (que también); en ocasiones, es necesaria una función catártica y purgativa.


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   Metales rojos está formado por doce cuentos donde su autor, el chileno Rodrigo Díaz Cortez (1977), ahora afincado en Elda, nos propone otros tantos baños de realidad sin afeites, mostrada a través de una prosa potente al tiempo que equilibrada, donde el lector atento advierte  el pulso firme de los grandes escritores, de los autores “de raza”, de aquellos que tienen cosas que contar y las cuentan, y no necesitan adornarlas con ejercicios estilosos (que no es lo mismo que “de estilo”) ni recurso metaliterarios (que tanto abundan últimamente).

    A mí me recuerda la desnudez estilística de Hemingway, de quien Rodrigo Díaz parece haber seguido su consejo: «”Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”. De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner al inicio del relato la primera frase sencilla, indicativa y verídica, que hubiera escrito». De esta guisa se expresaba un anciano Hemingway recordando su juventud en París era una fiesta.

     A sabiendas o no (porque los escritores no siempre son conscientes de sus influencias), Rodrigo Díaz  ha optado por la inmediatez de la prosa, por el intento de mostrar la vida sin ungüentos, en carne viva, aunque a veces duela la visión propuesta: emigrantes sobreviviendo con los trabajos más ingratos; jóvenes que solo entienden la vida a través del riesgo y el peligro; los temas eternos de la vida, la muerte y el amor; viejos y tristes payasos que tan pronto salvan vidas como provocan traumas; drogadictos y prostitutas en un baile interminable; marginados que sueñan lo imposible; extraños violonchelistas enamorados de pirómanas; escritores en ciernes que están condenados a la frustración…

    Rodrigo Díaz apenas deja espacio para el humor —quizás en «El concurso» o en «Cara de pendejo»— y, cuando este logra surgir a la superficie, entrevisto en medio de los escombros de la realidad, advertimos que bajo la sonrisa que nos dibuja se oculta el sarcasmo y una rabia destilada por las trazas agresivas del devenir cotidiano.

     Metales rojos es una lectura muy recomendable para aquellos que cada vez se dejan menos encandilar por la estética «Disney Channel» que los medios nos ofrecen como ideal de vida. Sumergirse en la excelente prosa de Rodrigo Díaz ha resultado, a quien esto escribe, una de las experiencias más impactantes de los últimos meses.


Rodrigo Díaz Cortez,
Metales rojos,  Editorial Comba, Barcelona, 2017, 150 páginas.