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lunes, 4 de agosto de 2014

UN MUNDO PEOR: la nueva propuesta de Claudio Cerdán.

No quedamos en Alicante que, dicho sea como quién no quiere la cosa, últimamente parece estar cobrando un especial protagonismo a través de diversas novelas del género policiaco: a las ya clásicas del maestro Mariano Sánchez Soler se unen las tres publicadas por Claudio Cerdán; El Geòmetra, de Josep-Lluís Rico i Verdú; y el El asesino del pentagrama, de Sergio Mira Jordán, ubicada en Novelda. Y alguna más que, seguro, olvidaré por ignorancia.
          Un expolicía reconvertido en detective privado es el protagonista de esta nueva entrega de Cerdán. Esta vez la ciudad de Alicante adquiere un papel más secundario que en las dos narraciones anteriores (El país de los ciegos y Cien años de perdón; con ambas comparte algunos personajes, empero), quizás porque la historia tiene más carga de reflexión introspectiva, y el miedo y el temor que pretende y consigue transmitir no requiere de una localización exacta pues es universal. Ahora el autor no necesita echar mano de asesinatos espeluznantes o de personajes exageradamente marginales: la carga anímica que soporta Roberto Cusac, el protagonista, es demasiado poderosa para necesitar otros aditivos. Unos años atrás, su hijo de seis años desapareció sin dejar rastro. La obsesión por encontrarlo destrozó su carrera y su matrimonio. Un encargo le servirá para intentar redimirse: una chica ha desaparecido y su exmujer, amiga de la familia de la muchacha, pide ayuda a nuestro protagonista. Secuestros, acosos sexuales, brutalidad, redes de pederastia, pornografía de menores y otras lindezas son los peldaños de una escalera que el protagonista ha de ir descendiendo en lo que él considera una segunda oportunidad, un modo de borrar (pero no olvidar) todo su pasado. Encontrar a África y salvarla vendrá a ser como pagar un tributo a su hijo, intentar resarcirse de su fracaso.
          Claudio Cerdán ha crecido… y eso se nota. Sin los aspavientos de las novelas anteriores, con una voz (vuelve a recurrir a la primera persona verbal) más lenta y más cuidada, Un mundo peor nos sumerge en el ámbito del temor y del miedo más ancestral, que mismo horror atávico que debió de sufrir el primer ser humano en la noche de los tiempos. ¿Hay algo más horrible y angustioso que perder a un hijo? No. Porque esa ruptura se produce contra natura, porque un padre nunca debería enterrar a su hijo. Y aunque Cerdán, creo, no es todavía padre, ha sabido intuir y describir admirablemente el desasosiego ante lo irremediable, la cotidianidad convertida en tragedia. Esa es la grandeza de este joven autor —recrear lo desconocido pero imaginable— que lleva camino de convertirse en un referente importantísimo de la novela contemporánea española.

          Un mundo peor no es lectura fácil… pero nadie dijo que lo fuera.

Claudio Cerdán,
Un mundo peor,
Ed. Versátil. 253 pp.

martes, 1 de abril de 2014

ALICANTE: ¡BIENVENIDOS AL PARAÍSO!

Aunque yeclano de nacimiento, Claudio Cerdán (1981) lleva camino de convertirse en el radiólogo de las cloacas de la ciudad de Alicante. Sus dos últimas novelas —esta que aquí reseñamos y El país de los ciegos (Ediciones Ilarión, 2011)— componen un díptico que tiene como escenario la capital levantina. O, para ser más exactos, los desagües, la nocturnidad, el lumpen y la corrupción omnipresente de la urbe.
Alumno aventajado del maestro Mariano Sánchez Soler, quien en sus cursos y talleres de novela negra advirtió el nervio y la garra de este joven de aspecto delicado, Claudio Cerdán es consciente de que, en el mundo de la novela negra, la calidad ha de venir avalada por la búsqueda de la brevedad y la concisión, por la palabra como un disparo a bocajarro y a sangre fría. Por ello su prosa se adelgaza hasta el esqueleto o, mejor, hasta los nervios y los músculos, pues de esto están formadas sus historias.
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Si en El país de los ciegos eramos testigos asombrados de las sangrientas peripecias de un matón tuerto y sentimental, Juan Ramón Durán, en Cien años de perdón (el autor ha echado mano del refranero español como marca de la casa) el protagonista es Antonio Ramos, Mierda de Perro, un corrupto inspector de policía ya entrevisto en la primera novela pero que aquí se convierte en eje y voz de la trama (el empleo de la primera persona y el uso del tiempo presente son otros de los rasgos que hermanan ambas narraciones). La acción se desarrolla durante diez días intensos y sangrientos, donde Claudio Cerdán nos describe los desmanes y los pensamientos, no siempre reconfortantes, del inspector protagonista quien, además de lidiar con un psiquiatra que pretende vaciar su (mala) conciencia, una familia desestructurada y desquiciada, unos vecinos violentos, unos conciudadanos poco aconsejables, unos colegas no siempre muy legales, tendrá que vérselas con la mafia rusa, un psicópata asesino de mujeres, un periodista metomeentodo, la resolución de una masacre familiar y un colega, Marc Fons, con el cerebro rebosante de violencia contenida.
Cerdán dibuja con trazo firme y eficaz una ciudad nocturna y desatada, el andamiaje que sostiene el paraíso mediterráneo, la verdad sobre la que se cimienta la prosperidad urbanística, el embrutecimiento de una sociedad que no cree en nada ni en nadie, que es consciente de que el mundo se mueve por amor: el amor al dinero. Alicante se nos presenta como la metáfora de aquello que se oculta bajo toda gran ciudad. Como Mariano Sánchez escribió: «El Alicante de Claudio Cerdán puede ser Poisonville, la ciudad ponzoñosa de Dashiell Hammett. El Alicante-escenario de Cerdán no es una referencia malientecionada. El Alicante de Claudio Cerdán no es esa ciudad, sino la esencia de una ciudad, de cualquier urbe donde se maneja dinero fácil».
La ciudad paradisíaca se convierte en un vertedero gigantesco formado por apartamentos con las paredes de papel, avenidas inconclusas y, bajo todo ello, el afán de lucro ilegal, las corruptelas urbanísticas y los desaguisados arquitectónicos.
Cabría achacarle, no obstante, algunos inconvenientes (pocos): la proliferación de tacos y exabruptos, de comparaciones y metáforas impactantes cuya validez se pierde por culpa del exceso; un cierto gusto a “ya visto”: el Ellroy de L.A. Confidencial (en el personaje del periodista, por ejemplo); el José Prata de Los cojos bailan solos (en el policía psicópata); el Siodmark de El beso de la muerte (en el asalto al furgón); el Peckinpah de Quiero la cabeza de Alfredo García…; la exageración y la hipérbole argumental, junto a la acumulación de muertes por metro cuadrado y la descripción provocativa, terminan bordeando lo inverosímil y (casi) el ridículo.
A pesar de ello (o por todo ello, dirán algunos), Cien años de perdón es una novela admirablemente bien escrita, no apta para un lector habituado a melifluos best sellers pseudopornográficos, a novelas dibujadas con plumas Parker sobre papel de fumar. Su prosa supura rabia y mala leche a partes iguales, y su lectura aconseja la toma de Álmax u otro antiácido.
Cerdán, como un Balzac, parece tener la pretensión de crear un fresco urbanita, una “Comedia Humana” donde los personajes de sus obras (de las dos que ahora hay y las que, esperamos, vengan) aparecen y desaparecen en unas y otras, se entrecruzan y se confunden: el inspector Ramos, el Tuerto Durán, Farlopero López, los hermanos Organov, el psiquiatra Cortés, el periodista Roger Escudero… a los que se añaden un famoso actor —el Zorro—, un fraudulento gurú —Zox—, un drogadicto con ínfulas de redentor —Jesús Cristo—, un empresario sin escrúpulos —Yaroslav—, y decenas más de personajes que pueblan, pululan, abarrotan esta novela sin dejar ni un segundo de respiro al lector.
Cien años de perdón se suma a novelas recientes (o no tanto) que han venido a tomar la ciudad de Alicante (y su provincia) como “escenario negro”: pienso en Alacant Blues y en Nuestra propia sangre, de Mariano Sánchez Soler; en El Geòmetra, de Josep-Lluís Rico i Verdú; en El asesino del pentagrama, de Sergio Mira Jordán; o en Puzle de sangre, de Mario Martínez Gomis y J. P. B.
No es una novela optimista, de esas que dejan un buen sabor de boca. Cerdán no lo pretende, y eso se nota desde las primeras líneas. No hay esperanza, parece decirnos el autor. Frente, por ejemplo, al final optimista de Puzle de sangre donde la sonrisa es la bisabra que abre la puerta de la ilusión en un porvenir más dichoso, en Cien años de perdón no hay ni un resquicio para la alegría. El final —duro y sin concesiones— nos recuerda que la vida es una selva y que el ser humano es un depredador más.
Cien años de perdón, Claudio Cerdán.
 Ediciones Versátil, 2013.
354 páginas.