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jueves, 21 de agosto de 2014

CASA DERRUIDA


                        

     
    Nada queda en tu rostro salvo piedras,
ladrillos, travesaños, vigas, nada.
Un fue que ya no existe ni es pasado
hoy pace en la derrota de tu arena.

         Contemplo los montones
de yeso, cal y llantos:
quebradas escaleras, puertas rotas,
juguetes olvidados junto a perchas
desnudas, cachivaches desmayados.

         No hay risas ni gritos. No hay besos;

y la desolación deviene en asco.

martes, 17 de junio de 2014

SOLO / SÓLO





Un libro solo...
                                Lo demás no es sino
                                 ruido y nada,
                                 vaporosos recuerdos.

                                  El resto no importa
                                             no imaginarlo:
                                 lo que está lejos de la vista,
                                             está fuera del recuerdo.

                                                                                ... sólo un libro.


miércoles, 4 de junio de 2014

Poemas para una exposición (y IV)

El triunfo de Galatea (1511), de Rafael

Fresco en la Villa Farnesina.

            Conchas y trompetas a su paso, el Amor
extiende, como su capa, su roja atracción,
y sus ojos —cribados por las nubes—
caen en lluvia sobre el campo
que pronto mostrará
su recogimiento, su represión
tantos siglos contenida.
            Triunfal,
pecaminosamente tentadora conduce su cuádriga
imposible, a través de un bosque de destellos
azules.
            (Venus)
Delfilnes depredadores, desgarrando indefensos invertebrados,
surcan el mar
mientras —avanzando
por entre la voluptuosidad y el desorden—,
la lujuria tantas veces reprendida aflora
hoy, al paso del cortejo:
            venera

(a quien la cienca dotó de aspas como Dios a los ángeles dotó de sexo)
donde al Amor sembró su semen filial y centenario.
Pequeños cupidos certeros dan
la sombra necesaria al regocijo;
y su mirada despierta no está en las saetas
y reposa ya en la meta alcanzada.
            Requiebros de sirenas a centauros asustados;
forcejeo, pretendidamente débil, de doncellas
ante los abrazos de Neptuno bigotudo.
Todo
a la sombra aérea del relincho ensordecedor
de un caballo de caza
de un cuerno
que llama a la imaginación en aquel bosque
por siempre imposible.
            El carcaj ausente es el más tímido:
reposa los amores venideros sobre las nubes.

Las escamas
                                                               hasta       los árboles humanos,
                                               las raíces
                                    desde
                        trepan                                                                
y alcanzan
—en su humedad absorbedora—
las alas palpitantes de trémulos discípulos.

lunes, 19 de mayo de 2014

CALLE PANDROSSOU



No llovió aquella semana,
y la mugre y el ruido pesaban
como treinta siglos de historia. Nos asfixiábamos.
Y, aún así, la memoria se alegra
al recordarme
colgado de tu hombro de niña buena.
Porque era un lujo pasear
por una calle estrecha y curva,
salpicada de tiendas y gritos de reclamo: camisetas,
combolóis, cerámicas y plata.
Era un lujo apoyar mi mano en tu hombro,
y rozar (fingiendo no darme cuenta)
el lóbulo de tu oreja, la nuca, peinar
tu pelo
          ...brevemente,
para no mancillarte con mi tacto.

En una ciudad muerta y sucia como Atenas,
sólo el ocio de vagar por aquella calle
—barrio de la Plaka
nos reconfortaba.

Porque fue un lujo sentarse en la popa
(¿te acuerdas de aquel día?),
dar de comer
a las gaviotas, y que el viento
removiera nuestros cabellos;
imitando a viejas películas de siempre
soportábamos el frío cortante...
porque era un don matar el tiempo ensayando poses,
soñando con regresar a Poros,
a Hydra —sacando fotos—,
a Egina (un poco menos).

Y al volver a nuestra calle,
las camisetas blancas
eran como una estela de gaviotas
que nos traía el mar.

                                                           A Mª Paz Moreno

miércoles, 7 de mayo de 2014

Poemas para una exposición (III)


Caminante sobre un mar de hierba (1818), de Caspar D. Friedrich.

Óleo sobre lienzo



                                 A
                           horcajadas
entre        niebla       y        montañas
—sobre el rasero que mide y sopesa
este agónico mundo—, absorto y solo,
contemplo y temo ahogarme
en este océano que no abarco
(toda percepción precisa anteojeras),
que apenas consigo vislumbrar con gran esfuerzo.

        Mejor perder el recuerdo
cuando todo me induce a dudar de un universo
jamás hecho a la medida del hombre;
cuando todo me lleva a desconfiar del hombre:
jamás hecho a la medida del universo.

        Los ojos siempre precisan de círculos:
límites, rejas y báculos
donde apoyar sensaciones tan débiles.
 Una ciencia, un baremo
que cimiente las sombras
y congele las lluvias del recuerdo. 

      Todo fue distante, todo pasado,
todo exige
esa raíz común
que procura
que las imágenes no se despeñen;
esa piedra donde asentar el alma,
si ya las esperanzas volaron con los años;
un mundo donde seguir bostezando;
una vida —un                       largo                               corredor—
donde todos tengamos nuestra puerta
y el precipicio, y el veneno de la costumbre
que nos endulce el alma.

      La caída es más incierta
que el retorno a la mentira.

martes, 8 de abril de 2014

Poemas para una exposición (II)


María Estuardo se dirige al patíbulo (1861), de Scipione Vannutelli.

Óleo sobre lienzo.



       El corazón saltando de su boca
Scipione Vannutelli.Maria Estuardo camino del patíbulo. Cuadro ganador de la exposición de Florencia de 1861. Galeria de arte moderno. Florencia.callada y cercada por lanzas amenazantes.
Todo lloro, todo estrépito inútil
no detendrán su paso despeñado.
       «No volveré a pisarte, tierra ingrata.
Y rezaré, en mi largo reposo,
para que tus imágenes no pueblen mis sueños».
         Sus pies casi inexistentes,
la oquedad de la falda prefiguran
el preludio de su fantasma decapitado.
         «Se cortará este nudo a un metro sobre esta tierra,
sobre esta reina inmisericorde. No me quedan
memorias, salvo los remordimientos
que la costumbre transformó en recuerdos».
        Con apreciable relajación el crucifijo
la sostiene. Torpes fueron los pliegos
emborronados por la compasión.
Su caminar es lento y su mirada inflexible.
       «Tantos años cautiva, soñando con la luz,
para, al fin, encontrarme con la nada.
Y no me guía el profundo rencor,
sino la cierta convicción de veros
      (muy pronto, muy tarde)
entre la argamasa del barro muerto,
la sangre y las lombrices».

jueves, 3 de abril de 2014

Versos femeninos (I): PAZ




Sueño que regresas,
cuando la noche acalla sus canciones.

    El metálico sonido del cerrojo;
(la luz —— la puerta —— la luz de nuevo)
   el golpe familiar de la baldosa siempre suelta;
   el balanceo de los zapatos en tus manos;
   el frío aliento de tus pies...

Y con el silencio de tu cuerpo amordazado
sueño que contigo sueño.


Soñando me desvelo
y mis brazos recorren el vacío,
el frío de la cama.

(la luz —— la mañana —— la luz de nuevo)

Apenas vislumbrada,
entre desconfianzas y lejanos prejuicios,
tu sombra me precede
y tu ausencia me persigue
como a un maníaco sus sueños de loco.

  Imaginarte...
                     E imaginarme en ti,
                     ignorando lo evidente:
sólo en el rincón de los sueños
contemplaré la paz.

lunes, 17 de marzo de 2014

Poemas para una exposición (I)

La travesía hacia Schreckenstein (1837), de Ludwig Richter.

Óleo sobre lienzo.




           Tanta educación apesta.

         La languidez de su mano es tan sólo
una máscara ocultando unos dedos
deshojados por el paso del viento,
por la espera infructuosa
de la lluvia que nunca llegará.
No podrá borrar su pérdida
esa lluvia que no cae,
que no limpia sus rizos
abanicados por las cataratas del arpa.

         Su mano enmohecida por las lágrimas;
la red inextricable de sus ojos;
pero insufriblemente inalterable
su rostro cobija cierto rencor.

         Al fin y al cabo,
las palabras nunca hicieron
más daño que el necesario.

         El río sigue su correr distante
peinando espumas en ramas de olivo.