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jueves, 29 de julio de 2021

miércoles, 20 de enero de 2021

EL MAPA DE LOS SENTIDOS, de Ana Merino

 

   Con su primera novela, la poeta Ana Merino alcanzó el Premio Nadal en 20201, y nos regaló una obra donde se dan la mano la crónica social y el lirismo más íntimo.

 

UN MOSAICO DE VIDAS

 

    Desde las primeras líneas de esta notable novela, el lector es consciente de que va a leer la obra de una poeta: la cadencia lírica de muchas oraciones, las emociones que afloran tras los hechos más cotidianos y los diversos grados de focalización a la hora de narrar esta historia son algunos de los rasgos más destacados de El mapa de los afectos, de Ana Merino (Madrid, 1971).


    Bajo la sombra de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, y Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters, la novelista ha construido una trama absorbente que se asemeja a un mosaico conformado por decenas de teselas. A través de los episodios de la novela, el lector asiste a las diversas realidades de una treintena de personajes cuyo nexo común es la pertenencia a una pequeña comunidad del Medio Oesto norteamericano, ubicación que se amplía con frecuentes referencias y localizaciones a lugares de nuestro país: no en vano la autora vive a horcajadas entre Iowa y Madrid.

    Lo cierto es la novela me recuerda a uno de aquellos juguetes de los que disfrutaba siendo un niño: consistía en una escalera de plástico; desde el peldaño superior dejabas caer una pequeña pinza que iba descendiendo al aferrarse sucesivamente al peldaño inferior; y antes de llegar al último de ellos debías dar la vuelta a la escalera y así la pinza nunca terminaba de caer. Como es obvio en cualquier narración, el final de un capítulo te conduce el inicio del siguiente; sin embargo, esta perogrullada sorprende aquí porque, aun sosteniendo siempre la tercera persona verbal, la focalización cambia y con ella también el personaje protagonista y la perspectiva. De esta manera, Ana Merino ha ido construyendo una trama densa pero a la vez nítida, donde todas las piezas engarzan entre sí sin fisura, pero a la vez que pueden moverse de manera independiente.

     Asistimos emocionados a las relaciones sentimentales de Valeria con Tom y más tarde con Paul, en este caso fallidas; a las vicisitudes de Greg, condenado por un crimen del que es inocente; al miedo ante lo desconocido de Aurora y la hospitalidad de la anciana Rita; a la violencia del pastor protestante (sintomático que sea el único personaje sin nombre propio); a las ilusiones de la prostituta Emily; y muchos más… No puede faltar la justicia poética, ni tampoco la divina, ni siquiera la crítica a una religión perversa y mal entendida, ni a un feminismo que no es tal, sino que se disfraza de este para medrar entre la podredumbre.

    El mapa de los afectos es una novela hermosa a la par que trágica que me hace recordar la Intrahistoria tantas veces defendida por nuestro Unamuno: más allá de los hechos históricos que pueblan los libros de texto y las enciclopedias, la vida está formada por momentos aparentemente anodinos que esconden en su sencillez toda la verdad del mundo, pues están colmados de misterios y esperanzas. Como dijo Pascal: “el corazón tiene razones que la razón ignora”.

    El mapa de los afectos, de Ana Merino, es una novela muy recomendable que se lee con sencillez porque (intuyo) ha costado mucho de escribir. Una narración que llega a la raíz de esa afectividad del título porque su autora, poeta por encima de todo, ha sabido aprehender las ilusiones y las frustraciones de las personas. En dos palabras: el motor de nuestras vidas.


El mapa de los afectos, Ana Merino,

Editorial Destino, Barcelona, 2020. 219 páginas.


sábado, 9 de noviembre de 2019

Máquinas como yo


 En su decimoquinta novela, Ian McEwan nos invita a un mundo alternativo donde humanos y androides comparten vicios y virtudes.

HOMBRES Y MÁQUINAS

      Tras el tour de force que supuso Cáscara de nuez (2016), donde Ian McEwan (Reino Unido, 1948) rizaba el rizo al utilizar como narrador a un feto que nos relataba todo lo que escuchaba desde el interior del vientre de su madre, el escritor británico nos propone una novela de estilo más clásico, de narración lineal y sin triples saltos mortales; pero donde esta sencillez formal no va en detrimento de una profundidad de ideas. Máquinas como yo es la crónica de Charlie y de su nueva adquisición: Adán, uno de los primeros seres humanos sintéticos; es decir, un androide que puede pasar perfectamente por un ser humano, como sucede en un gracioso momento de la novela. No es nada nuevo, ni en la literatura ni en la vida: desde los autómatas del siglo XVIII hasta los replicantes de Philip K. Dirk (y Riddley Scott), el ser humano ha invertido parte de su tiempo y de su conocimiento en la creación de máquinas semejantes a nosotros, capaces de emularnos en lo mejor y en lo peor.


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    Como McEwan es un autor al que le gusta el juego, no puede contenerse e  inventa una realidad paralela: Alan Turning, el genio matemático que descifró Enigma durante la II Guerra Mundial, no se ha suicidado en 1954 y sus avances en el campo de los logaritmos han adelantado nuestro mundo del siglo XXI hasta el primer lustro de la década de 1980, donde ya existen teléfonos móviles, ordenadores con conexión a Internet y todos los avances tecnológicos de los que gozamos (o sufrimos) ahora. Además, se toma la libertad de narrarnos la derrota del Reino Unido en la guerra de las Malvinas y, como consecuencia de ello, la derrota electoral de Margaret Thatcher. ¿Una distopía? No exactamente. Más bien un tiempo alternativo, una realidad que no existió, pero que pudo existir. Dados unos hechos históricos, privilegio del novelista es inventar unos nuevos o, al menos, reinventar los viejos o reubicarlos en otro lugar o en otro tiempo.




    Sin embargo, Máquinas como yo no llega a la altura de Amsterdam (1998), ni a la de ese prodigio que es Expiación (2001) que es, para quien esto firma, una de las mejores novelas de los últimos 25 años; pero es bastante superior a otras propuestas como Amor perdurable (1997) o La ley del menor (2014). Y ello es así porque, Máquinas como yo nos parece una novela descompensada, con errores de equilibrio, como si el propio autor se hubiera cansado de su historia: se muestra lento e incluso bastante reiterativo en algunos momentos del relato, sorprendiendo con un final rapidísimo y sintetizado que se acelera en las últimas veinte páginas tras más de trescientas de pormenorizada y puntillosa narración.

     En Máquinas como yo, asistimos a la relación compleja que surge entre Adán, Charlie y Miranda, la joven novia de este último, de la que terminará enamorándose el androide. Este es el punto de partida. A partir de ahí, McEwan acumula otros temas que dotan de mayor enjundia el argumento: una violación (o quizá dos), un intento de adopción, una mentira que significará un nuevo giro en la trama.  Todo ello sin eludir las preguntas que nuestro mundo continúa haciéndose: ¿hasta dónde llega el límite entre la verdad y la mentira?, ¿puede la verdad ser un arma peligrosa, y la mentira un bálsamo?, ¿qué marca la diferencia entre un hombre y una máquina?, ¿la bondad de un fin justifica el uso de medios deleznables?, ¿qué nos define como seres humanos?


Máquinas como yo, Ian McEwan,
Editorial Anagrama, Barcelona, 2019. 355 páginas.


miércoles, 1 de mayo de 2019

MEMORIA HERIDA, de Daniel H. Chambers


 SOMOS LO QUE RECORDAMOS

Resultado de imagen de memoria herida daniel chambers     Confieso que abrí la nueva novela del tinerfeño Daniel H. Chambers, afincado en Alicante, con cierto recelo pues no soy un gran amante de la ciencia ficción. Y confieso que la he cerrado con un buen sabor de boca (o de ojos). La novela no es sobresaliente, desde luego; pero está narrada con una prosa funcional y efectiva, el argumento —mezcla de tecnología futurista (o no tanto) y relato de serie negra— se desarrolla a un ritmo bueno que no llega a agobiar al lector, por la profusión de acciones, ni lo aburre. En definitiva, se trata de una novela escrita para entretener (y lo consigue sobradamente) y, quizás, lanzar algunas cuestiones sobre los peligros de los avances tecnológicos en estos tiempos donde la tecnología se ha convertido en el nuevo dios (y, por tanto, en el nuevo “opio del pueblo”).

     Memoria herida está estructurada en doce capítulos más una especie de epílogo, muy breve, que el autor coloca en su afán de ejercer la justicia poética; puesto que la Justicia humana se muestra casi siempre insuficiente. La narración alterna la primera y la tercera persona en fragmentos convenientemente delimitados que no confunden al lector y permiten contemplar la historia contada desde varios puntos de vista.

     La propuesta de Chambers es la siguiente: Alicante, año 2042. Han pasado trece años desde que un virus mortal ha borrado de la faz de la Tierra a un tercio de la población mundial. En este contexto (donde no hay vehículos voladores ni otros cachivaches, lo que es de agradecer), se ha inventado un dispositivo pensado para que los enfermos de Alzheimer puedan grabar sus recuerdos: consiste en una especie de placa o disco duro instalado en la base de nuestro cráneo. Pero, como en este mundo no hay cosa buena que no venga emparejada con su mal empleo, muy pronto este dispositivo se populariza y pasa a ser de uso cotidiano entre todos, enfermos o no. Y, con ello, surge también el robo de recuerdos, las falsificaciones de estos: todo un mercado negro dedicado a traficar con los recuerdos de las personas porque, al fin y al cabo, ¿qué somos salvo un cúmulo de recuerdos que conforman nuestro presente? Somos aquello que recordamos.

    El protagonista de Memoria herida es Zacarías Buenaparte, un detective privado, que se ve inmerso, a través de los requerimientos de un cliente, en una trama de corrupción que apunta hacia las grandes empresas farmacéuticas. Su investigación le lleva a cruzarse un mafioso dedicado al tráfico de blancas y que, a la postre, se convertirá en la piedra angular que sustente la solución del misterio.

     Confieso que la novela se lee casi en una sentada porque es relativamente corta y porque la prosa discurre sin complicaciones estilísticas. Sin embargo, me disgusta en ocasiones el tono juvenil que emplea el autor, empeñado en explicarlo todo y no dejar ninguna rendija por donde el lector pueda asomarse. En la literatura, como en la pintura, el lienzo ha de tener también espacios de luz para que la vista no se estrelle. Chambers tiene en su haber  prestigiosos premios de literatura juvenil e infantil, y ese estilo se nota en algunos momentos de la historia. Es de lamentar que el autor no haya intentado ir más allá en el dibujo de los personajes y sobre todo en la descripción de un mundo, el de las farmacéuticas, tan inhumano como, lamentablemente, tácitamente aceptado.

     Clientes de dudosa reputación, suplantación de identidad, trata de blancas, un puñado de asesinatos, el peligroso mundo de la web oscura y la corrupción del poder, que no podía faltar en una novela de género policiaco, forman un cóctail muy digerible que deja, tras la lectura, una satisfacción que, si no es plena, es al menos agradable. Un libro recomendable para desconectar del tráfago diario.

Memoria herida, Daniel H. Chambers, Ediciones Versátil, Barcelona, 2019. 206 páginas.

viernes, 12 de abril de 2019

TRECE ROSAS NEGRAS



Resultado de imagen de TRECE ROSAS NEGRAS     Tras el paréntesis lúdico y travieso, aunque con sus dosis de mala leche, de Pelusillas en el ombligo (2015), ese delicioso volumen en el que, junto con Esther Planelles, nos había agasajado con casi un centenar de microrrelatos, José Antonio López Rastoll (Alicante, 1974) vuelve por sus fueros al mundo del cuento. Como ya sucediera con las anteriores El mirador (2009) y Vareando nubes (2012), López Rastoll nos sumerge en un mundo fascinante: el lector surge, tras las veinte zambullidas al imaginario de estos relatos, empapado de duda, intriga e incertidumbre.

     Cualquier aficionado a la narración breve sabrá que existen diversos estilos de relatos. Hay cuentos a la manera de Hemingway, donde se delimita un fragmento de vida y se describe minuciosamente. Los hay al estilo Cortázar, donde el final inesperado justifica y da razón a las líneas anteriores. Existen narraciones al modo de Borges, donde ciencia y arte, realidad y fantasía se fusionan y adquieren una simbiosis tan perfecta que hacen dudar al lector sobre dónde empieza la realidad y dónde termina la ficción. Los hay que, tras ser escritos, fueron modificados y amputados por el editor, resultando ejemplos desquiciantes de la ambigüedad (Carver). De todos ellos, en mayor o menor medida, nos ofrece López Rastoll ejemplos variados y admirablemente construidos: la extraña amistad de tres personas dispares (“El banco”), el amor construido sobre el crimen (“Besos lúgubres”), la denuncia de la soledad en nuestro mundo (“Falta de riego”), el amor como eje del ciclo de la vida (“Azul”), la recreación del mito de Fausto (“Waslala”) o el rendido homenaje al mejor Cortázar —el de “La noche boca arriba”, por ejemplo— que hallamos en mi relato preferido: “Hotel Sur”.

     La obra contiene veinte narraciones de diversa extensión (desde las dos páginas hasta las ocho) y de estilos, o intenciones, también variadas. En todos ellos es fácil detectar la calidad y la buena muñeca de quien los escribe: un tipo leído y releído, que cuida cada línea y palabra. Uno advierte que nada en ellos es baladí y, nos puede gustar más o menos la historia o la anécdota que recrean, pero no nos deja indiferente.

     Si alguien tiene la curiosidad de visitar el blog del autor (El Mirador) no dejará de sonreír al leer el frontispcio con el que se abre: “Mis amigos dicen que me dedico a vivir del cuento. No he escrito ninguna novela porque me parece un género poco comercial”. Y no podemos dejar de agredecérselo: que continue regalándonos con estas pequeñas joyas.

 Trece rosas negras, José Antonio López Rastoll,
Editorial Tres Columnas, Murcia, 94 páginas.




 

EL MIRADOR reseña IDENTIDAD

https://lobo74estepario.blogspot.com/2019/04/nadie-conoce-nadie.html?spref=fb&fbclid=IwAR3rOlkZ5PkF38M_wODDYMiWwqnx6jbq1WAPO5fbbU41IHEo0BHaSUx1pu8

domingo, 23 de septiembre de 2018

IMPERIOFOBIA, o las mentiras que sostienen nuestro presente


Resultado de imagen de imperiofobia     Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español es un ensayo, con prólogo de Arcadi Espada, tan documentado como ameno, escrito por la historiadora María Elvira Roca Barea, y publicado por Siruela en octubre de 2016. La edición que yo he leído es la 18ª, y corresponde a junio de 2018. Que un ensayo histórico (o de cualquier tipo) alcance tal número de ediciones en tan poco tiempo dice mucho sobre el tema tratado, el interés del lector y el estilo divulgativo (pero serio) que emplea la autora. De todos los libros que he leído este año (y han sido muchos) este es, con diferencia, el mejor de todo: leerlo ha supuesto abrir los ojos y la mente, llenarme de datos y conocimientos que durante siglos habían sido intencionadamente ocultados o tergiversados, cuando no directamente inventados. Al acabar su lectura solo me cabe una pregunta: ¿qué historia (es casi un eufemismo) me han estado contando hasta ahora? IMPRESCINDIBLE.



     Leo sobre las guerras (mal) llamadas “de religión” en los Países Bajos durante los siglos XV y XVI, y no puedo dejar de pensar en otras situaciones conflictivas que sobrevuelan desde hace algún tiempo nuestro país. Roca Barea escribe (pp. 259-260):

      «No había solución al problema de los Países Bajos por una razón, porque una de las partes quería lo que la otra tenía: el poder. Y no hay en tal caso más remedio que arrebatarlo. […] Primero se pidió que los 3.000 soldados españoles de la frontera francesa se marcharan y se marcharon. Y no hubo paz. Luego se pidió que Granvela [representante imperial] se fuera y Granvela se fue en 1564, pero no hubo paz. Después se pidió la retirada de la alcabala [un tipo de impuesto], lo cual dejaba al gobierno central, que acarreaba con los gastos de la rebelión, sin capacidad de tributación, y el duque de Alba, no sin resistencia, la retiró. Tampoco hubo paz. Después se pidió que Alba mismo se marchara y Alba se marchó. Pero tampoco hubo paz. ¿Entonces? Como Granvela escribió en una carta redactada tras la marcha de los soldados de la frontera: «Antes o después habrá problemas aquí con otro pretexto». El problema es que los pretextos han sido confundidos con la verdad histórica. La dinámica del nacionalismo es perversa: o gana, e impone su criterio, eliminando la disidencia; o pierde, y entonces convierte la pérdida en ganancia, es decir, en agravio y excusa para la confrontación: perder es ganar.

      »El nacionalismo necesita siempre un enemigo, ya que no sabe construir en positivo, hacia arriba y hacia delante, sino hacia atrás y hacia abajo. Busca la fragmentación, ya que el control de lo pequeño es siempre más fácil que el de lo grande. En el caso de Holanda, el nacionalismo se construyó segregando un enemigo que se llamaba España y está, por lo tanto, en las señas de identidad que ese nacionalismo dibujó e impuso a esas naciones con el razonamiento simple pero eficaz de “estás conmigo o eres un traidor”».

     Como recientemente escribió Felipe Benítez Reyes, «[estamos] convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión, ya sea cualificada o intuitiva»; es decir, seguro que alguien tendrá alguna cosa que opinar a las líneas anteriores y a lo que de ellas se desprende. Por favor, antes de hacerlo que se lea las casi 500 páginas del ensayo de Roca Barea… y luego que opine en voz alta.

       Gracias.



sábado, 15 de septiembre de 2018

METALES ROJOS, de Rodrigo Díaz Cortez


DESCENSO A LA REALIDAD

    Desde las primeras líneas del primer cuento que conforma este volumen, «Río abajo», el lector se da cuenta de que ha entrado en un universo asfixiante al tiempo que real, un mundo que es el nuestro pero que nos empeñamos en maquillar y ocultar porque, evidentemente, nos desagrada. La literatura no está solo para entretener y divertir (que también); en ocasiones, es necesaria una función catártica y purgativa.


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   Metales rojos está formado por doce cuentos donde su autor, el chileno Rodrigo Díaz Cortez (1977), ahora afincado en Elda, nos propone otros tantos baños de realidad sin afeites, mostrada a través de una prosa potente al tiempo que equilibrada, donde el lector atento advierte  el pulso firme de los grandes escritores, de los autores “de raza”, de aquellos que tienen cosas que contar y las cuentan, y no necesitan adornarlas con ejercicios estilosos (que no es lo mismo que “de estilo”) ni recurso metaliterarios (que tanto abundan últimamente).

    A mí me recuerda la desnudez estilística de Hemingway, de quien Rodrigo Díaz parece haber seguido su consejo: «”Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”. De modo que al cabo escribía una frase verídica, y a partir de allí seguía adelante. En cuanto me ponía a escribir como un estilista, o como uno que presenta o exhibe, resultaba que aquella labor de voluta sobraba, y era mejor cortar y poner al inicio del relato la primera frase sencilla, indicativa y verídica, que hubiera escrito». De esta guisa se expresaba un anciano Hemingway recordando su juventud en París era una fiesta.

     A sabiendas o no (porque los escritores no siempre son conscientes de sus influencias), Rodrigo Díaz  ha optado por la inmediatez de la prosa, por el intento de mostrar la vida sin ungüentos, en carne viva, aunque a veces duela la visión propuesta: emigrantes sobreviviendo con los trabajos más ingratos; jóvenes que solo entienden la vida a través del riesgo y el peligro; los temas eternos de la vida, la muerte y el amor; viejos y tristes payasos que tan pronto salvan vidas como provocan traumas; drogadictos y prostitutas en un baile interminable; marginados que sueñan lo imposible; extraños violonchelistas enamorados de pirómanas; escritores en ciernes que están condenados a la frustración…

    Rodrigo Díaz apenas deja espacio para el humor —quizás en «El concurso» o en «Cara de pendejo»— y, cuando este logra surgir a la superficie, entrevisto en medio de los escombros de la realidad, advertimos que bajo la sonrisa que nos dibuja se oculta el sarcasmo y una rabia destilada por las trazas agresivas del devenir cotidiano.

     Metales rojos es una lectura muy recomendable para aquellos que cada vez se dejan menos encandilar por la estética «Disney Channel» que los medios nos ofrecen como ideal de vida. Sumergirse en la excelente prosa de Rodrigo Díaz ha resultado, a quien esto escribe, una de las experiencias más impactantes de los últimos meses.


Rodrigo Díaz Cortez,
Metales rojos,  Editorial Comba, Barcelona, 2017, 150 páginas.



domingo, 29 de abril de 2018

Seudología VII, de Miguel Catalán

En la nueva entrega, la séptima ya, de Seudología, el filósofo valenciano Miguel Catalán (1958) nos muestra la cruda realidad en que se asienta la estructura política y económica de nuestra sociedad.

Mentiras de políticos, políticos de (la) mentira

Resultado de imagen de mentira y poder político     Hace más de veinte años, Miguel Catalán se propuso analizar pormenorizadamente el universo de la mentira. Para ello concibió una obra ingente titulada Seudología que se compondría (si el tiempo y la salud se lo permitían) de 22 volúmenes. Tras El prestigio de la lejanía, Antropología de la mentira, Anatomía del secreto, La creación burlada, La sombra del Supremo y Ética de la verdad y de la mentira, Miguel Catalán nos regala ahora con un nuevo volumen en torno al embuste: Mentira y poder político. Con la prosa ágil y divulgativa que lo caracteriza, pero sin perder el rigor académico y la seriedad disciplinar que han sido la seña de identidad del filósofo valenciano, esta séptima entrega de Seudología pasa revista al origen político (y, por ende, también social y económico) del mundo en el que vivimos (o, más bien, sobrevivimos).

      La obra está conformada por nueve capítulos cuyos títulos son de por sí lo bastante elocuentes: “El egoísmo inherente al mando”, “División social y mentira política”, “El torcido filtro de la historia” o “De la conversión de la víctima en verdugo”, por citar algunos de ellos. Asimismo, estos extensos capítulos aparecen divididos en múltiples apartados que ayudan a avanzar en las argumentaciones y las tesis del autor.

     Más que una obra filosófica (que lo es), Mentira y poder político es una obra que sirve para removernos la conciencia, para mostrar el podrido y falaz andamiaje sobre el que se sustenta nuestra sociedad, en la que —como desde hace miles de años— siempre mandan los mismos y siempre pagan los mismos. Catalán no ofrece soluciones a los embustes que desvela: que nadie busque en estas páginas un paliativo, un ungüento con el que curar la rabia ante la contemplación de un mundo injusto y empeñado en auto-aniquilarse. El autor se limita a mostrarnos, con múltiples, jugosos, divertidos y horribles ejemplos, que la sociedad que habitamos no ha cambiado nada a la que se creó varios milenios antes de nuestra era, con los primeros núcleos urbanos. Las equivalencias que muestra Catalán son desgraciadamente las mismas repetidas una y mil veces: a mayor poder, menor moral; a mayor fuerza, mayor poder; a mayor fuerza, mayor riqueza. Y por el contrario, a mayor inteligencia (que no pillería), menor poder: lo cual explica la mediocridad generalizada de la secta política que desde tiempos inmemoriales nos ha sido impuesta como gobernadora. “Al revisar la nómina de los jefes de Estado que han gobernado las mayores naciones e imperios se observa el acusado número de grandes criminales de tipo psicopático en comparación con cualquier otra profesión o desempeño social”, escribe el autor.


Resultado de imagen de miguel catalán      En los años convulsos que vivimos, donde tan discutidas parecen las ideologías que creíamos “eternas”, Mentira y poder político es un libro necesario por cuanto pone sobre el tapete lo que todos en nuestro fuero interno sabemos: que el mundo se divide en parásitos y parasitados. “El Estado es una institución de robo a gran escala”, escribe el autor citando a Rothbard. He aquí una pequeña muestra: hace escaso tiempo los miembros de un recién formado partido político, que aún no había accedido a los sillones del poder, se referían peyorativamente a los gobernantes ya establecidos como a miembros de “la casta”. Ahora que dicho partido ya se sienta en los sillones y no pasa ni frío en invierno ni calor en verano, la palabra “casta” ha desaparecido completamente de su vocabulario…

    
  Haciendo un recuento por encima (y del que estoy seguro que me habré quedado corto), en este país estamos “gobernados” por unas 30.000 personas (desde alcaldes y concejales hasta ministros, pasando por senadores, congresistas, diputados…). ¿Realmente necesitamos tantos “pastores” para no “salirnos del redil”, o es que somos nosotros a los que ellos necesitan para continuar justificándose (y viviendo a nuestra costa)? 

Miguel Catalán,
Mentira y poder político. Seudología VII.
Editorial Verbum, Madrid, 2017. 338 páginas.

lunes, 22 de enero de 2018

VENTANAS DE MANHATTAN, de Antonio Muñoz Molina



SÍ PERO (QUIZÁS) NO

     SÍ. Después de más de treinta años dedicado a la literatura, tras más de veinte títulos en su haber, Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) no tiene necesidad de demostrar su valía: es, quizás, uno de los cinco mejores escritores españoles en activo (Prescindo de citar los otros cuatro). Su obra ha alcanzado algunos de los más prestigiosos premios: el Nacional, en dos ocasiones; el de la Crítica; el Planeta;  el Príncipe de Asturias; junto a algunos premios allende nuestra fronteras. Es, además, miembro de la Real Academia de la Lengua y colaborador habitual en la prensa, incluso su figura e ideales son ampliamente reconocidos.

Resultado de imagen de ventanas de manhattan?trackid=sp-006      Ventanas de Manhattan, publicado hace trece años, es un libro a medio camino entre la recopilación de artículos, el diario íntimo y la descripción documental. No es un libro recomendable para aquellos que se introduzcan por vez primera en la prosa del autor jiennense: de extensión considerable (casi 400 páginas), formado por 87 capítulos que apenas presentan un hilo argumental, con ausencia de diálogo y de personajes, salvo el propio narrador. Pero aquellos que hemos seguido la trayectoria de Muñoz Molina no podemos dejar de admirar la cadencia y el desarrollo de su escritura: los largos, interminables periodos que refuerzan sintácticamente la incertidumbre semántica; la adjetivación exacta y precisa, enriquecedora; las descripciones de personas, lugares, objetos que van siempre más allá de lo meramente visible hasta alcanzar las regiones de los sentimientos. Ventanas de Manhattan es —como homenaje a una ciudad y a sus pobladores, como lugar de consulta y referencia para los estudiosos de la obra del autor— una obra magnífica.


     PERO algo no funciona del todo bien en esta inmensa remembranza. Se suceden, tal vez demasiado, las repeticiones, los lugares comunes. No es, desde luego, una obra para leer de un tirón: hay que picotear en ella, casi al azar; imitando al autor que, según narra, ha ido confeccionando la obra azarosamente, deambulando por la calles y los lugares de la ciudad. Tiene mucho esta obra de la primera que publicó: El Robinsón urbano, hace más de treinta años. Y puestas una junto a la otra comprobamos que la riqueza del estilo ha crecido y mejorado; pero las afinidades, los gustos, las preferencias por ciertos espacios, por ciertos sonidos y músicas, no se han modificado.

      NO. Ya hemos dicho que Ventanas de Manhattan no es una mala obra, pero tampoco es lo que los seguidores del escritor esperábamos. Y lo que es todavía más preocupante: de no llamarse su autor Antonio Muñoz Molina, de no ser un académico, de no ser un escritor más o menos conocido, desde luego ya consagrado... ¿qué editorial se hubiera atrevido a publicar una obra semejante, con su méritos (que los hay); pero también con su agobiante “formato”, su capítulos y temas demasiado repetidos, algunos demasiado tópicos?

       QUIZÁS todo lo anterior sea erróneo... tal vez yo esté equivocado.

Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina.
Editorial Seix Barral, Barcelona. 2004. 382 págs.

sábado, 25 de noviembre de 2017

VALLE-INCLÁN, recordando al genio


      Los españoles nos dividimos en dos grandes bandos: uno, yo, don Ramón María del Valle-Inclán y el otro, todos los demás.


    
     El año pasado celebramos el 80 Aniversario del fallecimiento del escritor gallego Ramón María del Valle-Inclán, que se correspondía también con el 150 Aniversario de su nacimiento en Arosa (Pontevedra). Sirva este artículo para recordar su inmensa figura y su gran obra.
    
Resultado de imagen de valle-inclán    Nuestro autor realizó sus primeras armas literarias como articulista, en 1888, en una revista de Santiago de Pontevedra, donde estudiaba Derecho (que nunca terminó). Desde entonces hasta el día de su muerte no cesaría de escribir y publicar.
     
     Por encima del autor de novelas y cuentos, del periodista, corresponsal de guerra y crítico literario, del dramaturgo, del poeta y ensayista —pues todos y cada uno de estos géneros cultivó—, Valle-Inclán fue, ante todo y ante todos, un consumado actor. Inventó su propia biografía, y su llamativo aspecto —larga barba de chivo, antiparras, esclavina y capa negra española— fue la máscara del personaje tras la que ocultó su genialidad.

    Mentiroso y fantasioso ante las preguntas, bohemio y ave nocturna contra su siglo, serio y disciplinado en su trabajo, Valle-Inclán es el prototipo del escritor que sabe el alcance de su genialidad y, en consonancia, la explota y extrae de ella la mayor cantidad posible de jugo. A este respecto es ya clásica la historia de su manquedad. Preguntado por ella, Valle-Inclán relataba una increíble y fantástica historia de selvas y leones: perdido en aquellos parajes y viéndose acorralado por las fauces de un hambriento león, nuestro autor creyó conveniente cortarse su brazo izquierdo y lanzárselo al felino, el cual, entretenido con el manjar, permitió la fuga del autor gallego. La realidad, por supuesto, fue mucho más prosaica y zafia: una riña en un bar con un crítico fue el origen de una herida que, con el tiempo, se infectó y engangrenó, concluyendo con la amputación del brazo.

      Entre 1990 y 1994, Círculo de Lectores llevó a cabo una cuidada edición de las obras completas de Valle-Inclán, prologando cada volumen los más destacados especialistas. La colección se compone de treinta tomos cuya descripción es como sigue: 65 centímetros de longitud, diez kilos y medio de peso, 6.650 páginas en total, de las que 1.137 corresponden a los prólogos e introducciones de los estudiosos; lo cual da un total de 5.513 páginas escritas por nuestro autor.

      Aquel que guste de los motivos decorativos se quedará, sin duda, en el aspecto externo. Aquel que dé un paso más comprobará que estos treinta tomos con sobrecubierta de color verde esconde bajo sus tapas: catorce novelas, tres poemarios, un ensayo, una recopilación de artículos periodísticos, cinco libros de cuentos y veintiuna piezas teatrales. Aquel que —siendo lector— pretenda adentrarse en estas medidas y dimensiones, en los distintos géneros literarios que las abarcan, encontrará un mundo plural y variado, una caterva de personajes nobles y también execrables, una infinidad de situaciones grotescas, románticas, sensibles y chocarreras; aderezado todo ello con la prosa más brillante de la primera mitad del siglo XX.

     
Una somera mirada a los títulos de sus obras nos revela varias características: el gusto por los subtítulos —los cuales aparecen en más del 95% de sus obras—, como si Valle insistiera en centrar convenientemente el tema de estas; la consecución de cualquier género literario, aunque los dos predominantes sean la novela y el teatro; la inclinación a agrupar sus obras en conjuntos compactos y completos, bien en tetralogías —las Sonatas—, bien en trilogías —La guerra carlista, Comedias bárbaras, Martes de carnaval (tres esperpentos), El ruedo ibérico, Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (cinco dramas) y Tablado de marionetas (tres farsas)—, lo cual nos acerca a otro autor de su misma generación, Pío Baroja; y, finalmente, un gusto por el elitismo, por las voces que conduzcan al lector hacia muchos y tiempos ancestrales, a veces con seriedad y otras con intención de ridiculizar.

     Su producción se agrupa en dos grandes periodos:

     El primero va desde 1895, fecha de su primera publicación —el libro de cuentos Femeninas. Seis historias amorosas— y llega hasta 1920,  con la aparición de su tercer y último libro de poemas, El pasajero. El segundo periodo comprende desde este año hasta la fecha de su muerte.

     Este primer periodo, que algunos califican de Modernista, es el más prolífico del autor. Desde su primera obra, escribe y publica sin descanso. A veces, incluso llega a publicar tres obras en un mismo año. Su prosa, reflejo de las inquietudes del final del siglo, se recrea en un mundo de sensaciones, de paisajes de ensueño o de pesadilla. Su postura modernista le obliga a edificar un mundo sustentado por la estética y la sensualidad, sin correlato con la realidad. A su primer libro de cuentos, ya citado, se unen otros dos: Epitalamio. Historias de amores (1897) y Jardín Umbrío. Historias de santos, de almas en pena, de duendes y de ladrones (1903). Pero sobre todo serán las Sonatas donde Valle-Inclán va a exponer su poética y a dar rienda suelta a su afán por alcanzar una obra meramente estética y, por tanto, inútil en su perfecta belleza.

     Las Memorias del marqués de Bradomín suponen una utilización exquisita de los elementos de la estética prerrafaelista y decadente, del simbolismo y la hagiografía más intrínsecamente medieval y castellana. Todo cabe en ellas: sacrilegios, fornicaciones, adulterios, robos, crímenes, incestos, necrofilia… Cada una de las cuatro novelas que conforman esta tetralogía — Sonata de Otoño (1902), Sonata de Estío (1903), Sonata de Primavera (1904) y Sonata de Invierno (1905)— es un laberinto formado por guiños al lector e ironías sobre los propios personajes y sobre la estética modernista, a la que se inscriben con todo merecimiento.

    Valle-Inclán plama en sus Sonatas las ideas ortegianas sobre la deshumanización del arte y la novela lírica: esta es entendida como algo cerrado, que no ha de ampliar horizontes, sino reducirlos, como un mero —pero perfecto— juego estético, regodeándose en sus logros sonoros y visuales. Aunque se inscriben bajo el título de Memorias, y aunque cada una de ellas refiere un paralelismo entre las estaciones del año y las épocas de una vida (primavera: juventud; estío: plenitud; otoño: madurez; invierno: vejez), carecen del rigor y la exhaustividad subjetiva de la autobiografía y no son, ni muchos menos, un intento de recomponer la historia de una personalidad entera, pues únicamente atienden a un episodio erótico-sentimental. Las Memorias de Xavier Bradomín —“un don Juan feo, católico y sentimental»— son tan falces como su sonrisa.

    Mis manos, distraídas y doctorales, comenzaron a desflorar sus senos. Ella, suspirando, entornó los ojos, y celebramos nuestras bodas con siete copiosos sacrificios que ofrecimos a los dioses como el triunfo de la vida. (Sonata de Estío)

Resultado de imagen de valle inclan obras    Cada una de ellas se desarrolla en una geografía diferente, acorde con la edad del protagonista. Primavera acontece en una región de Italia, donde todavía predomina la religión y la superstición, y los paisajes adquieren tonalidades de relato lúgubre contado a un niño. Estío se desarrolla en la calidez y los sudores de la tierra mexicana, castigada por el sol y la sensualidad que aporta el clima tropical. Otoño tiene la lentitud y parsimonia de la tierra gallega donde ha lugar, entre pazos ancestrales y jardines devorados por la vegetación y la desidia. E Invierno nos trae la nieve en el cabello del protagonista y en las calles de Estella, en los descansos lánguidos y húmedos del conflicto carlista.

     La recreación de la corta del pretendiente don Carlos refleja la inclinación de Valle-Inclán por la causa carlista. La postura política del autor fue y ha seguido siendo objeto de muy diversas interpretaciones. No obstante, parece evidente que su tradicionalismo y su carlismo obedecieron principalmente a motivos estéticos, como su indumentaria, por ejemplo.
   
Yo hallé siempre más bella la majestad caída que sentada en el trono, y fui defensor de la tradición por estética. El carlismo tiene para mí el encanto de las viejas catedrales, y aun en los tiempos de la tguerra, me hubiese contentado con que lo declarasen monumento nacional. (Sonata de Invierno)

    La inclinación por el carlismo lo conduce a elaborar una trilogía compuesta por Los cruzados de la causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antaño (1909), donde relata episodios aislados de la contienda civil. La escasa consistencia argumental de estas novelas —sustentadas principalmente por la riqueza del lenguaje y la resurrección de vocablos rurales y arcaicos— las alejan de los ambiciosos proyectos de Galdós —Episodios Nacionales— y Baroja —Memorias de un hombre de acción—, deviniendo poco menos que en parodias de estas.

     La estética Modernista aflorará en sus tres libros de poemas —Aromas de leyenda. Versos en loor de un santo ermitaño (1907), La pipa de kif (1919) y el ya citado El pasajero (1920)—, convirtiéndose, paulatinamente, en una poesía de tintes esotéricos, conectando de ese modo con su ensayo La lámpara maravillosa. Ejercicios espirituales (1916). En él, junto a lo que algún crítico tildó de “esoterismo de pacotilla”, encontramos una profunda reflexión sobre el arte de la escritura y sobre la percepción del artista quien, enfrentado al devenir del Tiempo, debe arrebatar a este los objetos y las ideas, inmortalizándoles en sus obras. Esta lucha con el Tiempo es un rasgo característico del arte de fin de siglo y de la literatura Modernista: hasta la fecha, Valle ha preferido rescatar las cosas y objetos de un tiempo pasado, e inmortalizándolo dentro de la urna de un lenguaje alambicado, sutil y bello.

     A partir de 1920 se producirá un cambio en su obra: el Modernismo se convierte en una crítica, el evasionismo deviene en un enfrentamiento con la crudeza de la realidad. Esto se observa principalmente en Divinas palabras. Tragicomedia de aldea (1920). El mismo afán modernista que, en su primera época, le había incitado a ocultarse y evadirse se transforma, con el hallazgo de un nuevo lenguaje —sin duda influido por el Quevedo de los Sueños y el Buscón; y quizás por sus crónicas durante la I Guerra Mundial reunidas en La media noche (1917)—, en un enfrentamiento con el mundo. Ahora los problemas que antes prefería adornar se muestran grotescamente exagerados y deformados, produciendo —en el lector o el espectador el remordimiento de conciencia, los dardos de sus vocablos, la historia cruel y nauseabunda del niño hidrocéfalo disputado por sus familias y que termina devorado por los cerdos.

    El sentimiento iconoclasta de Valle en su afán por renovar la escena española se aprecia en estas declaraciones de 1922: «El teatro es lo que está peor en España. Ya se podían hacer cosas, ya. Pero hay que empezar por fusilar a los Quintero. Hay que hacer un teatro de muñecos».

    El propio autor agrupó sus 21 piezas teatrales en cinco grupos:
   
    a) El primer ciclo tendría un claro componente modernista e incluiría obras como El Marqués de Bradomín. Coloquios románticos (1906), Cuento de abril. Escenas rimadas de una manera extravagante (1909), Voces de gesta. Tragedia pastoril (1911) o El yermo de las almas (1908). Algunas de ellas son una adaptación de los temas y las formas de las Sonatas. Compuestas en verso, plasman unos ambientes idealizados, dentro de la tendencia evasionista de las primeras décadas del siglo XX.

    b) El segundo ciclo corre paralelo y contemporáneo al primero. Está formado por la trilogía de las Comedias bárbarasCara de plata (1922), Águila de blasón (1907) y Romance de lobos (1908)—. En una Galicia ahogada bajo las tradiciones ancestrales, la familia Montenegro —un padre y sus seis hijos— son la plasmación decadente de una estirpe y un modo de vida condenados a desaparecer. Las intrigas, los crímenes, las violaciones y un largo etcétera de atropellos son la carta de presentación del Mayorazgo y de su familia. Teatralmente son el primer intento de escapar del canon modernista.

     c) Ya dijimos que 1920 marcaba un año de inflexión en la obra de nuestro autor. Los cambios que había intentado fallidamente en las Comedias bárbaras alcanzan con Divinas palabras el éxito. Supone la obra el primer paso importante hacia el esperpento. De nuevo es la Galicia rural y empobrecida el telón de fondo ante el que se mueven unos personajes desquiciados, poseídos por la avaricia y la inmisericordia. Los personajes son meros animales que luchan entre sí en pos de un botín grotesco: el cuidado —y con él, las ganancias de la mendicidad de un niño hidrocéfalo, expuesto por las aldeas para conmover al pueblo.

Resultado de imagen de valle inclan obras    d) En 1926 y 1927 van a aparecer publicadas sendas obras, recopilaciones de piezas dramática anteriormente publicadas o representadas: Tablado de marionetas para educación de príncipes —compuesto por Farsa italiana de la enamorada del Rey, Farsa infantil de la cabeza del dragón y Farsa y licencia de la reina castiza— y Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte —compuesto por Ligazón, La rosa de papel, El embrujado, La cabeza del Bautista y Sacrilegio—. “Farsas”, “melodramas para marionetas” y “autos para siluetas”, todas estas obras suponen una fase pre-esperpéntica. Los personajes son entes vacíos de rasgos definitorios y propios, semejantes a títeres o marionetas, gobernados por un destino trágico y, la mayoría de las veces, grotesco.

    Las obras se mueven en un mundo infrahumano: así, en el Tablado de marionetas encontramos chulos que degüellan a sus oponentes, borrachos camorristas que mueren abrasados y abrazados al cadáver de su esposa, prostitutas enamoradas de la cabeza de un muerto, bandoleros que creen recibir el perdón religioso antes de recibir un tiro a bocajarro, niños secuestrados y atravesados por una bala perdida, seres poseídos por el maligno, mujeres que adquieren apariencia de can. Y en las “Farsas”, la mayoría de clara inspiración cervantina, hallamos ventas y monos adivinos, ciegos de romances, grandes señores con atavíos de pobres, bravucones huevos, generales temblorosos y con el estigma del moquillo, reyes que pretenden emparentar con bandoleros. La Farsa y licencia de la Reina Castiza se nos presenta como teatro político, anticipo de las novelas del El Ruedo ibérico, sátira del reinado de Isabel II, de quien se alude a su escabrosa vida erótica y a la indiscreción epistolar de la soberana, fruto de chantajes. En fin, una caterva de personajes y situaciones que solo nos pueden conducir al último ciclo teatral de Valle.

    y e) El esperpento representa la teoría dramática genuinamente valleinclanesca. Las cuatro piezas que plasman dicha teoría —Luces de bohemia. Esperpento (1924) y Martes de carnaval. Esperpentos (1930), que contiene Los cuernos de don Friolera, Las galas del difunto y La hija del capitán— suponen la cima teatral de nuestro autor. De nuevo, y como ya había anticipado en obra anteriores, el mundo reflejado es el de los bajos fondos: bohemios y sablistas, borrachos y proxenetas, prostitutas arrepentidas, organilleros ladrones, soldados bebedores y pendencieros.

Resultado de imagen de luces de bohemia esperpento     El primer esperpento, Luces de bohemia, es el más conseguido —y el más extenso— de todos ellos. El espectador o lector contempla las peripecias que acontecen al poeta ciego y pobre Max Estrella y a su lazarillo y amigo Latino de Híspalis, en una tarde y una noche por las calles, los bares e, incluso, las cárceles de Madrid. Empleando un lenguaje exageradamente poetizado —a tenor del argumento que expresa—, los personajes se convierten en monigotes grotescos, en animales regidos por un destino que los supera.

      «Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento», dirá en una ocasión el protagonista. E igualmente la realidad española también aparece reflejada en esos espejos deformantes: el ministro ladrón y corrupto, los taberneros falsos y timadores, los policías hipócritas y salvajes. La muerte, al alba, de Max Estrella, en un portal, abandonado de todos, es la plasmación del más negro pesimismo: al héroe ni siquiera le queda la posibilidad de luchar contra su destino, incluso se le despoja de la dignidad de su propia muerte.

      Paralelamente a la invención y consecución del esperpento en el ámbito dramático, Valle-Inclán inicia en la década de 1920 una nueva fase en su novelística, con la intención de superar la estética modernista que había prevalecido en sus anteriores novelas. Flor de santidad. Historia milenaria, escrita inicialmente en 1904, todavía se resiente de esta estética y emplea los recursos que ya habían aparecido en las Sonatas: la musicalidad, la plasticidad, la sutil elección de líricos adjetivos, la descripción preciosista del paisaje gallego; todo ello con la intención de crear una pátina de leyenda, de cuento folclórico, ancestral. No obstante, algunos rasgos marcan ya un cambio de rumbo: el gusto por la fragmentación y el empleo de capítulos muy breves, y la identificación del autor con las víctimas.

    Su siguiente novela Tirano Banderas. Novela de tierra caliente (1926) narra la historia de una dictadura en un imaginario país de Hispanoamérica. No son pocos los que la han considerado como la obra maestra de nuestro autor, y no por escasas razones: a la complejidad de su estructura —cuya acción se desarrolla en un espacio de tres días— se una le complejidad del lenguaje —especie de koiné inventada por el propio autor, quien, sobre la base del castellano peninsular, ha sumado una ingente cantidad de modismos de todos los países hispanohablantes—; igualmente debe considerarse el acopio de personajes que pueblan la obra —divididos en tres estadios sociales: el indio, el criollo y el inmigrante—, y el empleo temporal de la acción, confluyendo presente, pasado y futuro en un todo que nos da la imagen de la situación total, monumental y casi eterna.

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     Desde Miguel Ángel Asturias —El señor Presidente— hasta Vargas Llosa —La fiesta del Chivo—, pasando por Roa Bastos —Yo, el Supremo— y García Márquez —El otoño del patriarca—, la más reciente tradición de novelas sobre dictadores hispanoamericanos parece surgir de esta genial novela del autor gallego, no duda en beber de la historia canalla del dictador y general Santos Banderas —déspota de la imaginaria república de Santa Fe de Tierra Firme y de su familia (mantiene una relación incestuosa con su hija loca)—, enfrentado a sus oponentes con visos de redentores místicos, como don Roque Cepeda o Filomeno Cuevas, o adulado por los arribistas inestables y vividores, como el Cornelito de la Gándara. No obstante, aunque tema, argumento e incluso motivos han sido recogidos por otros autores, ninguno de ellos ha mostrado intención de emplear la técnica del esperpento. Tirano Banderas es el esperpento a la novela, lo que Luces de bohemia lo es al teatro. La animalización de los personajes, las situaciones grotescas, los diálogos deformes —gracias al componente lingüístico ya aludido— confieren a Tirano Banderas la categoría de novela única y magistral.

    Sin alterar el paso de rata fisgona, subió a la recámara donde se recluís la hija…
    —¡Hija mía, no habés vos servido para casada y gran señora, como pensaba este pecador que horita se ve en trance de quitarte la vida que te dio hace veinte años! ¡No es justo que dés en el mundo para que te gocen los enemigos de tu padre, y te baldonen llamándote hija del chingado Banderas!
    Oyendo tal, suplicaban despavoridas las mucamas que tenían a la loca en custodia. Tirano Banderas las golpeó en la cara:
    —¡So chingadas! Si os dejo con vida, es porque habéis de amortajármela como un ángel.
    Sacó del pecho un puñal, tomó a la hija de los cabellos para asegurarla, y cerró los ojos. Un memorial de los rebeldes dice que la cosió con quince puñaladas.

     Un año después de la publicación de esta novela, Valle-Inclán inicia un ambicioso proyecto que la muerte le impedirá llevar a buen término. El Ruedo ibérico debía abarcar el periodo comprendido entre los meses previos a la revolución de septiembre de 1868 y la pérdida de Cuba en 1898. Similar a los Episodios Nacionales, el proyecto estaría compuesto por tres trilogías. Valle-Inclán no pudo concluir ni tan siquiera la primera de ellas. A La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y la inconclusa Baza de espadas (1932) debe sumarse la póstuma El trueno dorado (1936) —obra que es una ampliación de uno de los capítulos de La corte de los milagros.
   
    Como ocurría con Tirano Banderas, el lenguaje, fuertemente contaminado por los rasgos esperpentizantes, se convierte en el máximo protagonista de estas novelas históricas: las rivalidades entre moderados y progresistas, el carácter “castizo” y dudoso de la reina Isabel II; los frecuentes pronunciamientos de generales o sargentos; la influencia eclesiástica en las cuestiones de estado y las trifulcas entre los privados que se turnaban en el favor de la reina; no merecen sino el tratamiento que el esperpento de Valle-Inclán les otorga. De nuevo los personajes se comportan como títeres, absurdos muñecos deformes y grotescos, ciegos ante la historia que los contempla e ignorantes ante el futro que se les avecina y terminará engulléndolos. Así comienza la primera de las novelas de este ciclo: «El reinado isabelino fue un albur de espadas: Espadas de sargentos y espadas de generales. Bazas fulleras de sotas y ases».

      Las dotes estilísticas de su prosa y el sentimiento trágico de la realidad española que se desprende de su obra —afín a sus compañeros de la generación del 98— convierten a Valle-Inclán en uno de nuestros mayores escritores; aunque su importancia universal se ve en menoscabo debido, paradójicamente, a la complejidad y belleza de su estilo, como ocurría con Góngora o Quevedo, que lo convierte en un autor prácticamente intraducible.