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domingo, 21 de diciembre de 2014

BREVÍSIMA HISTORIA DE LA NOVELA DE MISTERIO (VIII)

LA PERVIVENCIA DE LA NOVELA-ENIGMA HASTA 1970.


           Junto a los tres clásicos ya desarrollados en la entrada anterior, muchísimos autores continuaron produciendo obras constreñidas a los postulados de la novela-problema. Citarlos todos sobrepasaría los límites de este artículo, por lo que nombraremos aquellos doce (el número no es simbólico, sino mero azar) que, a nuestro entender, mantuvieron un nivel notable en calidad técnica y argumental.
    Rex Stout fue creador del detective Nero Wolfe —que apenas salía de su casa y que resolvía los crímenes entre su jardín de orquídeas y sus gustos gastronómicos— y de su ayudante Archie Goodwin: La muerte entre orquídeas, La segunda confesión o Velada con tres cadáveres son algunos de los títulos más destacados de este periodo.
     Erle Stanley Gardner es otro de los grandes continuadores de la novela-enigma en EE. UU. Su creación, el abogado Perry Mason, protagonista también de una serie televisiva de enorme éxito, alcanzó tal fama que terminó ocultando a su creador. Todos los títulos protagonizados por el abogado detective tenían la misma estructura: El caso del juguete mortífero, El caso de la fortuna fantasma o El caso del gatito imprudente, por ejemplo. Se calcula que llegó a vender 135 millones de ejemplares.

     Los dos autores estadounidenses más respetados por los críticos y los entendidos —aunque no alcanzaron la popularidad y el éxito comercial de Stout o Stanley Gardner— fueron Patrick Quentin y Hugh Pentecost. El primer nombre ocultaba a los escritores Richard W. Webb y Hugh C. Wheeler, quienes firmaron entre 1945 y 1955 seis excelentes libros protagonizados por el matrimonio formado por Iris y Peter Duluth iniciados con Enigma para locos y continuados notablemente en Enigma para actores, Enigma para divorciadas, Enigma para marionetas, etc.
      
       Hugh Pentecost inició su andadura en la década de 1960 con excelentes resultados. Creó a Pierre Chambrun, el ingenioso director del Hotel Beaumont de Nueva York (El caníbal que comió demasiado y Time of Terror, por ejemplo); al pintor metido a detective amateur, John Jericho (Oculta a todas la miradas); y al experto en relaciones públicas, Julian Quist (¿Quién ha visto a Jeremy Trail? y El asesino del champañ). Aunque sin abandonar totalmente el planteamiento de la novela-problema, introdujo elementos cercanos al thriller, humanizando de ese modo sus argumentos.

       En Inglaterra, bajo la sombra de Dickson Carr y, sobre todo, de Agatha Christie, siguieron desarrollando su labor una serie de autores que ya habían iniciado su andadura —en muchos casos de modo más que notable— antes de la II Guerra Mundial. Hemos de dejar constancia de la continuidad de la neozelandesa Ngaio Marsh, creadora del detective Roderick Alleyn, protagonista de casi una treinta de novelas que se iniciaron en 1934 con A Man Lay Dead. En el periodo que nos ocupa hay que destacar: Los aristócratas también asesinan, Enter a Murderer y Death at the Dolphin.

          El poeta Cecil Day Lewis (padre del oscarizado actor Daniel Day-Lewis) alcanzó notoriedad con sus novelas de misterio, firmadas bajo el pseudónimo de Nicholas Blake. Su mejor creación es La bestia debe morir (1938), protagonizada por el detective Nigel Strangeways, gran amante de la literatura, que utiliza para dilucidar los misterios a los que se enfrenta. Tras la II Guerra Mudial publicó, entre otros títulos, Fin de capítulo y The Sad Variety, con el mismo personaje.

       Entre 1944 y 1955, Edmund Crispin escribió nueve novelas y dos libros de cuentos protagonizados por Gervase Fen, profesor de Oxford y detective aficionado. Inició su andadura con El caso de la mosca dorada, a la que siguieron El canto del cisne y La juguetería errante, que pasa por ser la mejor de la saga. La editorial Impedimenta (Madrid) comenzó en 2011 la publicación de la obra completa de Crispin, algo que todo buen aficionado al género policiaco no debería perderse.

         También Michael Innes, con su creación —el inspector sir John Appleby—, está íntimamente relacionado con Blake y Crispin, por dotar de una gran cantidad de reflexiones literarias y académicas a la novela-enigma. Julian Symons —crítico y escritor— los agrupa dentro de los “Escritores Bromistas” a los que define como "aquellos escritores que transforma la narración detectivesca en una broma supercivilizada, en algo que a través de la frivolidad la convierte en conversación literaria, con unos espacios dedicados a la investigación pero con carácter secundario".   Innes había escrito también sus grandes obras antes de la guerra (Muerte en la rectoría y ¡Hamlet, venganza!), pero seguiría en las décadas posteriores con títulos como El crimen del acuario, El misterio de las estatuas y Money from Holme.

      La escritora Margaret Allingham fue otra de las grandes damas del crimen.  Su creación, el detective aficionado y bastante snob Albert Campio, era la continuación del Peter Wimsey de Dorothy L. Sayers o del Philo Vance de S. S. Van Dine: un personaje rico, pero de turbio pasado, con sólidas relaciones con la nobleza británica. Sin embargo, en su primera aparición (The Crime at Black Dudley, 1929) se nos presentó bajo el aspecto de un aventurero y un estafador muy cercano a Arsenio Lupin o a Raffles; pero Allingham le dio un giro en la década de los 30 hasta colocarlo inequívocamente al lado de la ley. Algunas de sus aventuras son Crimen en el gran mundo, The Case of the Late Pig y, la que muchos consideran su mejor novela, El tigre de Londres (The Tiger in the Smoke, 1952), más cercana al thriller que a la novela-enigma.

      Patricia Wentworth (inglesa nacida en la India) —hoy olvidada por el gran público— fue considerada durante muchos años como la más digna continuadora de Agatha Christie. Su creación —y en este aspecto la influencia de Christie es evidente— fue miss Maud Silver, solterona aficionada a desvelar misterios al ritmo de unas agujas de tejer que siempre lleva consigo. Su primera aparición tuvo lugar en La colección Branding, a la que siguieron otras obras como Líneas de fuga o La daga de marfil, por ejemplo.

       Anthony Berkeley, fundador del Detection Club y autor de una de las obras maestras de la novela-enigma (El caso de los bombones envenenados, 1929), continuó escribiendo tras la II Guerra Mundial, pero no alcanzó el gran nivel del título arriba citado. No obstante, hay que tener en cuenta obras como El dueño de la muerte o Baile de máscaras.

          Concluimos este apartado mencionando a uno de nuestros autores predilectos, el británico Leo Bruce (pseudónimo del poeta y traductor Rupert Croft-Cooke) cuyo Misterio para tres detectives (1936) es una divertida parodia de algunos de los más celebres detectives de la novela-problema: Peter Wimsey, Hércules Poirot y el padre Brown. También dio a la imprenta otros títulos destacables como El caso de la muerte entre las cuerdas, El caso sin cadáver y Asesinatos en Albert Park, cuya sencillez en el planteamiento del problema y posterior desarrollo y solución la convierten en una de las mejores novelas en su género de las década de los 60.
         Aunque hemos de advertir que de los autores (en lengua inglesa) de novela-enigma desde los años 70 hasta la actualidad nos ocuparemos en otros artículos, no vendría mal hacer notar que este subgénero dentro de la novela de misterio terminaría desapareciendo casi por completo a comienzos de 1980 o, si se prefiere, metamorfoseándose o adaptándose a los nuevos tiempos, convirtiéndose y diluyéndose en otros subgéneros como el thriller, la novela policiaca histórica o el, hoy tan popular, psycho-thriller.
        Lo cierto es que la generalización de la televisión a partir de 1970 fue el único factor que contribuyó a mantener la novela-enigma, aunque bajo la forma de guiones de series televisivas. A esto ayudó, sin duda, el hecho de que las normas, pautas y parámetros esenciales de la novela-problema venían como anillo al dedo al formato televisivo: pocos personajes, espacios limitados, argumentos con marcado carácter teatral, adivinanzas (problemas) que no podían alargarse eternamente y que estaban delimitados por la escasa hora de duración del episodio, etc. El enorme éxito de series (hoy) míticas como Colombo, Macmillan y esposa, Se ha escrito un crimen o la más reciente Monk, son la prueba más evidente de que este subgénero de la novela de misterio, tan denostado por muchos aficionados al género, todavía continúa vigente.

sábado, 25 de octubre de 2014

BREVÍSIMA HISTORIA DE LA NOVELA DE MISTERIO (VII)

LOS CLÁSICOS DE LA NOVELA ENIGMA


        Durante la II Guerra Mundial (1939-1945) y las décadas posteriores (hasta los primeros años de la década de 1970), la novela-enigma (o novela-problema) continuó produciéndose al margen de nuevas modas o cambio de tendencias. Como si el mundo no hubiera asistido a una hecatombe, los grandes divos de la novela-enigma continuaron poblando sus obras de habitaciones cerradas a cal y canto, rompecabezas para superdotados y sospechosos con férreas coartadas. Aunque algunos de sus máximos exponentes habían ya fallecido (G. K. Chesterton, S. S. Van Dine) o habían  disminuido su producción (Dorothy L. Sayers), el resto siguió escribiendo encerrado en una burbuja de cristal que lo aislaba tanto de los campos de batalla como de los campos de exterminio. No debe sorprendernos, sin embargo, que siguieran gozando de un considerable éxito y de un público fiel: en medio de un mundo en guerra o de la Humanidad a un paso de la destrucción nuclear (durante los años más álgidos de la Guerra Fría), la alternativa de la novela-enigma se presentaba como un refugio donde, al final, la justicia siempre triunfaba y el orden social, que se rompía con cada crimen, recobraba la normalidad y el statu quo.
      Aunque los tres grandes clásicos del género —Agatha Christie, John Dickson Carr y Ellery Queen— habían dado sus mejores obras en las primeras décadas del siglo XX, sus producciones posteriores a 1939 seguían conservando la genialidad que años antes les había llevado a lo más alto de la novela de misterio.
       Agatha Christie (fallecida en 1976) escribió algunas de sus novelas más populares: Diez negritos (1939), Un cadáver en la biblioteca (1942), Cianuro espumoso (1944), Testigo de cargo (1948, llevada al cine por Billy Wilder en una extraordinaria película de 1957), Tres ratones ciegos (1950) —que la propia autora transformó en La ratonera y que estrenó en 1952. Con más de veinticinco mil representaciones ininterrumpidas es la obra teatral más representada de la historia; de hecho, todavía hoy en día sigue escenificándose en el mismo teatro en que se estrenó—, El tren de las 4:50 (1957) o El espejo se rajó de parte a parte (1962). Aunque ninguno de los anteriores títulos alcanzó el ingenio ni la calidad de su producción anterior a la guerra, no por ello disminuyó su reconocimiento público. Al morir, Agatha Christie había dado a luz setenta y ocho novelas de misterio a las que se añadieron dos más publicadas póstumamente. La fama de la gran dama del crimen se consolidó y extendió a raíz de múltiples versiones cinematográficas y varias series de televisión protagonizadas por los detectives que inventó: Hércules Poirot, mis Jane Marple, el matrimonio formado Tuppence y Tommy Beresford o Parker Pyne. Se calcula que su obra ha sido traducida a más de cien lenguas y ha vendido (sigue vendiendo) la friolera de dos mil millones de ejemplares.
          John Dickson Carr (nacido en EE.UU. pero instalado en Inglaterra desde los años 30) es otro de los clásicos de la novela-enigma que continuó produciendo durante los años de la postguerra. Menos conocido para el lector actual, pero muy estimado por los especialistas del género, dio a luz más de setenta novelas de misterio hasta su muerte en 1977. Creó al doctor Gideon Fell, detective amateur, firmando las novelas protagonizas por este personaje con su nombre auténtico. Las novelas de otra de sus creaciones, el excéntrico pero eficaz sir Henry Merrivale, jefe del servicio secreto, aparecieron bajo el pseudónimo de Carter Dickson. En el periodo que aquí nos ocupa, Dickson Carr publicó grandes títulos del género como Las gafas negras (o Los anteojos negros, 1939; considerada como una de las diez mejores novelas de misterio de todos los tiempos), Muerte en cinco cajas (1939), El caso de los suicidios constantes (1941), Hasta que la muerte nos separe (1944), Se alquila un cementerio (1949), El reloj de la muerte (1956) y La muerte acude al teatro (1966). Muy superior a Agatha Christie en el planteamiento y el desenlace de sus novelas, Dickson Carr fue uno de los más serios defensores del denominado “juego limpio” consistente en no ocultar datos al lector, convirtiéndolo así en un lector-detective.
       Manfred B. Lee y Frederic Dannay eran los primos hermanos, estadounidenses, que se ocultaban bajo el pseudónimo de Ellery Queen, el tercer vértice del triángulo que formaron los clásicos de la novela-enigma. Bajo el pseudónimo de Barnaby Ros habían creado un detective, Drury Lane, que protagonizó cuatro novelas durante el primer lustro de los 30. Sin embargo, el personaje que les dio la inmortalidad fue Ellery Queen, el sagaz hijo del inspector Queen de la policía de Nueva York. Al igual que había sucedido con Christie y Dickson Carr, las novelas de Ellery Queen anteriores a la II Guerra Mundial son, en general, muy superiores al resto. No obstante, continuaron escribiéndose hasta la muerte de Manfred B. Lee, en 1971. Por aquel entonces el nombre de Ellery Queen se había convertido en una marca que ocultaba a todo un taller de escritores coordinados por los dos primos. Algunas novelas dignas de recordar fueron La ciudad desgraciada (1942), El gato de muchas colas (1949, una de sus obras más conseguidas), La aldea de cristal (1954), El cadáver fugitivo (1961) y Cara a cara (1967).
       A partir de 1960, Ellery Queen introdujo en sus novelas más dosis de “humanidad” en perjuicio del enigma. Así surgieron obras más alejadas de los postulados originales de la novela-problema y más cercanas al thriller o la novela negra: Un tesoro en la cartera (1962), Los cuatro Johns (1964), Muerte dirigida (1966), Asesinatos en la universidad (1969) y la excelente Besa y mata (1970), por ejemplo.

      La creación de la revista mensual Ellery Queen’s Mistery Magazine en 1941 (que todavía hoy continúa en activo) contribuyó a fomentar el género y dio cabida, en sus páginas, a jóvenes autores que comenzaban a escribir, convirtiéndose en la publicación de misterio más influyente en el ámbito anglófono. En 1975 se realizó una serie para televisión Las aventuras de Ellery Queen, que aumentó la fama y la expansión de sus autores y su personaje.

sábado, 26 de julio de 2014

Brevísima historia de la novela de misterio (VI)

LA NOVELA NEGRA

        En 1945, tras el fin de la II Guerra Mundial, el editor francés Marcel Duhamel (de la editorial Gallimard) inició una colección de novela de misterio a la que llamó “Serie Noir” (debido al color negro de sus portadas). La editorial inició la colección con aquellos escritores norteamericanos que habían comenzado a publicar, a mediados de la década de 1920, en Black Mask (un pulp magazine: una revista barata y de hojas de poca calidad) una serie de relatos y novelas de crímenes que intentaban ser una oposición a la novela-problema. Autores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler impusieron una manera de narrar directa y eficaz, inclinada al behaviorismo, con predilección por los escenarios urbanos, las situaciones brutales, los personajes de baja estofa y los diálogos irónicos y ácidos. Era una manera como otra de enfrentarse a una época de EE.UU. gobernada por la Depresión, el contrabando, los gángsteres y la corrupción poco menos que generalizada. Se les llamó “Tough-Writers” (escritores duros), y a sus obras “hard-boiled novel” (novelas duras (o muy hervidas)); pero debido al éxito de la colección de Gallimard, muy pronto comenzaron a hablar de autores de Serie Negra y, finalmente, de Novela Negra. Eran novelas donde el nombre del asesino era secundario, incluso a veces innecesario, puesto que lo importante era liquidar a cuantos más individuos mejor; al tiempo que se reflejaba una sociedad levantada sobre las arenas movedizas de la corrupción y la violencia.
      Por esas misma fechas el crítico cinematográfico Nino Frank (otro francés, claro) acuñó la expresión “film noir” (cine negro), en clara correlación con las novelas de Gallimard, para referirse a una serie de películas —predominantemente en blanco y negro y producidas por la RKO y Universal Pictures— que mostraban una relación obvia con las novelas de la “Serie Noir”: El halcón maltés (1941) de John Huston, El sueño eterno (1946) y Scarface (1932) ambas de Howard Hawks, o Al rojo vivo (1949) de Raoul Walsh, por poner algunos de los ejemplos más relevantes. De este modo “cine negro” y “novela negra” se encontraron en un mismo punto de inflexión y sus denominaciones se entremezclaron para terminar reafirmándose.
     El agotamiento de la novela-problema (la monotonía y repetición de situaciones, la artificiosidad de sus tramas; las complicaciones de las coartadas y de la “tramoya criminal”) fue un factor determinante para el surgimiento de la Novela Negra. En el prólogo a The Second Shot (1930), Anthony Berkeley —uno de los abanderados de la novela-enigma— escribe de manera profética:

     Personalmente estoy convencido de que los días de la vieja, pura y simple novela-enigma —sustentada enteramente sobre una trama y sin ninguna concesión a los personajes, el estilo o incluso el humor—  están en manos de los lectores. Y estoy convencido de que la novela policiaca está ahora en un proceso de desarrollo que conduce a una novela interesada con el detective o el crimen, atrapando a sus lectores menos con las matemáticas y más con los elementos psicológicos. El enigma, sin ninguna duda, permanecerá; pero devendrá en un enigma de caracteres (personajes), más que en un problema de tiempo, lugar, motivo y oportunidad.

       Esta cita está extraída de Howard Haycraft, Murder for Pleasure. The Life and Times of the Detective Story, Carroll & Graf, New York, 1984. p. 147. Publicada en 1941 es, tal vez, el mejor estudio sobre la novela policiaca

         En los años de mayor éxito de Van Dine —modelo de la novela-problema— aparecieron las novelas de Hammett —padre de la Novela Negra—: el libro de relatos El gran golpe (1927), Cosecha roja (1929), La maldición de los Cain (1930), El halcón maltés (1930), La llave de cristal (1931) y, finalmente, El hombre delgado (1934) —la más alejada de los postulados iniciales y más próxima a la novela-enigma—. Y a partir de él la lista comienza a crecer: Donald Henderson Clarke (Un hombre llamado Louis Beretti, 1929); William R. Burnett (Little Caesar, 1935 y La jungla de asfalto, 1937); Horace McCoy (¿Acaso no matan a los caballos?, también llamada ¡Bailad, malditos!, 1935); James Hadley Chase (El secuestro de miss Blandish, 1939); James M. Cain (El cartero siempre llama dos veces, 1934). Y finalmente el otro gran puntal de la Novela Negra: Raymond Chandler quien, aunque había comenzado a publicar sus relatos en Black Mask en 1933, no será hasta 1939 cuando cree al detective Philip Marlowe en El sueño eterno y, con el rostro de Humphrey Bogart, se convierta en una de las figuras más emblemáticas del Séptimo Arte.

sábado, 7 de junio de 2014

BREVÍSIMA HISTORIA DE LA NOVELA DE MISTERIO (V)

La novela-problema.


      En la década de 1920 coincidieron todos los tipos de novela de misterio (si exceptuamos los más actuales, como el psicothriller). No obstante, el panorama literario estaba dominado por los autores británicos; y puesto que estos sentían especial predilección por la novela-problema (o novela-enigma o novela a la inglesa, pues con todos estos apelativos la han denominado), las librerías y quioscos estaban copados por esta modalidad literaria.

    Después de la Primera Guerra Mundial, la novela criminal sufre su primera gran transformación al avistar una   meta concreta y unos fines determinados. Es entonces cuando la novela policiaca se despoja de toda perspectiva literaria y se lanza desesperadamente al juego de adivinanzas. El género policiaco abandona toda aspiración artística para convertirse en ciencia, en un juego de ingenio con miras exclusivamente científicas. La fantasía puede tener una leve participación en el planteamiento del problema, pero el resto ha de someterse a unas rígidas normas enunciadas concretamente por más de uno de los escritores del género.
   Se pretende con ello depurar el género... La uniformidad y la monotonía se apoderan de la novela criminal. No se exige entonces al detective rango alguno de heroísmo, sólo que sea [tan] inteligente... como para resolver por sí mismo los rompecabezas que se le ponen delante.
    Salvador Vázquez de Parga, Los mitos de la novela criminal, Planeta, Barcelona, 1981. página 114

    Aparece la noción de «juego limpio»; es decir, el lector debe disponer de tantos datos como el detective. La novela es un campo donde se van colocando jalones e hitos que también el lector debe conocer. Al final, acompañará al detective (o si es un lector avispado, lo adelantará) en sus razonamientos. Ellery Queen, por ejemplo, gusta de colocar en la parte final de sus novelas un «Reto al lector», donde le invita a averiguar la solución del enigma antes que el detective, puesto que todas las pistas ya han aparecido. Es esta una costumbre que va a ser imitada por otros autores como el belga S. A. Steeman en El asesino vive en el 21 (1939), por ejemplo.
    Proliferan los asesinatos “enrevesados”, las casas de campo con mayordomo de mirada torva y criadas de lengua viperina, las habitaciones cerradas con un cadáver en su interior, los múltiples mecanismos para matar a un hombre (o mujer), los mil y un inventos para poder tener una coartada o para hacer pasar por un suicidio lo que es un crimen. En fin, el asesino juega una partida de ajedrez contra el detective y contra el propio lector; nada es baladí —ni palabras, ni gestos, ni el color del gato de la vecina o la humedad relativa del aire—.  Más que despachar a un sujeto, el asesinato deviene (como dijo Thomas de Quincey) en una obra de arte.
    El afán por aligerar los argumentos de todo aquello que no fuera genuinamente misterioso llevó a los autores de novela policiaca a la confección de una serie de obras cada vez más parecidas a crucigramas o jeroglíficos. Las décadas de 1920 y 1930 fueron, sin duda, los momentos más relevantes de esta tendencia. Un crítico de aquel entonces, Philip Guendalla, llegaría a afirmar que «The detective story is the normal recreation of noble minds».
    Agatha Christie había comenzado su prolífica y exitosa carrera literaria en 1920 con la primera aparición de Hércules Poirot en El misterioso caso de Styles. Y durante los años restantes hasta 1939 sacaría a la luz: Asesinato en el Orient Express (1935), El asesinato de Roger Ackroyd (1926), Los crímenes de la guía de ferrocarriles (The ABC’s Murders, 1936) o la primera aparición de Miss Marple en Muerte en la Vicaría (1930) por señalar sólo algunas de las grandes obras maestras de la literatura policiaca.
     También en 1920 comienzan las novelas protagonizadas por el inspector French, personaje creado por Freeman Wills Crofts en El tonel (The cask). A. A. Milne publica La casa roja (1922); John Rhode, El misterio de Paddington (1925); monseñor Ronald Knox, El crimen del viaducto (1925). Philip MacDonald saca a la luz The rasp (1925); y Dorothy L. Sayers comienza la serie de novelas protagonizadas por Lord Peter Wimsey en 1923 con El cadáver sin lentes (Whose body?). Muchos de ellos, y otros más, formarán parte en 1928 del llamado Detection Club, en el que se fundamentarían las bases del denominado “juego limpio” de la novela-problema. 

      Los miembros fundadores del Detection Club de Londres en 1928 fueron Anthony  Berkeley, G. K. Chesterton (el primer presidente hasta su muerte en 1936), monseñor Ronald A. Knox,, John Rhode, E. C. Bentley, Agatha Christie, D. G. H. y M. I. Cole, Freeman Wills Crofts, Baronesa de Orczy, Henry Wade, Milward Kennedy, H.C. Bailey, A.A. Milne, Arthur Morrison, R. Austin Freeman, Edgar Jepson, A.E.W. Mason y Dorothy L. Sayers, Publicaron dos novelas escritas entre todos: El almirante flotante (1932) y Ask the Policeman (1933).

          Cada año (hasta la actualidad) se han ido sumando nuevos nombres: John Dickson Carr, J.J. Connington, Clemence Dane, John le Carré, Len Deighton, P.D. James y muchos más. Evidentemente se trata de un reconocimiento a su labor profesional y sus cargos son meramente honoríficos.

   Pero no acaba aquí la nómina de autores, pues la moda salta hasta la otra orilla del Atlántico y los escritores norteamericanos la desarrollan, en ocasiones, con gran maestría.
El detective Charlie Chan de la policía de Honolulu aparece en 1925 (La casa sin llaves) de la mano de Earl Derr Biggers  alcanzando, a pesar de su corta vida —su autor falleció en 1933—, una cierta notoriedad.
     El orondo y hogareño Nero Wolfe llega de la mano de Rex Stout en Fer-de-Lance (1934).
Un puesto de honor ha de ocupar S. S. Van Dine (pseudónimo del crítico de arte y novelista Willard H. Wright) que, con la publicación en 1926 de El asesinato de Benson  (The Benson Murder Case), iniciaría una de las series más importantes e influyentes de la novela-problema. Van Dine escribió doce novelas protagonizadas por Philo Vance, un auténtico snob afectado y decadente, irritante en ocasiones, pero de gran inteligencia: La serie sangrienta (The Greene Murder Case, 1928) y Crimen en la nieve (The Winter Murder Case, 1939) son las mejores obras de un autor que siempre mereció mucha más atención que la dedicada por crítica.
        El admirado Ellery Queen publica su primera novela en 1929, El misterio del sombrero de copa (The Roman Hat Mistery) y, a continuación, comienza a crear obras maestras e irrepetibles del género: las cuatro interpretadas por Drury Lane y firmadas por Barnaby Ross (La tragedia de X, La tragedia de Y, La tragedia de Z y El último caso de Drury Lane, entre 1932 y 1934); El misterio de la mandarina (1934), El misterio del ataúd griego (1932), El misterio del zapato blanco (The Dutch Shoe Mistery, 1931), El misterio de la cruz egipcia (1932) y El misterio de los hermanos siameses (1933).
       Tampoco hay que olvidar a John Dickson Carr (quien firmó parte de su ingente producción con el pseudónimo de Carter Dickson) que había iniciado su andadura con Anda de noche (It Walks by Night, 1930) y acabó convirtiéndose en un autor de primer orden: La cámara ardiente (The Burning Court, 1937) , Los tres ataúdes (también titulada El hombre hueco, 1935) o Los anteojos negros (The Black Spetacles, también conocida por The Problem of the Green Capsules, 1939) son algunos de los títulos que no pueden faltar en ninguna colección de novela policiaca.
     Agatha Christie, Ellery Queen, John Dickson Carr y S. S. Van Dine pueden ser considerados como los mayores creadores de la novela-problema. No sólo por la calidad de sus obras y también su número, sino —y sobre todo— por su afán por seguir las “reglas” que, en muchas ocasiones, ellos mismos promulgaron.
      He centrado mi atención en algunos de los mejores o los más populares pero el listado es poco menos que interminable: Ernest Bramah (creador del primer detective ciego, Max Carrados, en 1914); J. S. Fletcher (The Middle Temple Murder, 1918); E. C. Bentley (El último caso de Trent, 1913); G. K. Chesterton (y su genial padre Brown, aparecido por vez primera en 1911, protagonizaría cinco libros de cuentos hasta 1935); Eden Phillpotts (Los rojos Redmaynes, 1922); Francis Beeding (La muerte va de puntillas, 1931); Anthony Berkeley (El caso de los bombones envenenados, 1929 —una de las cumbres del género, en la medida en que se siguen a rajatabla los postulados de “juego limpio”); Patricia Wentworth (que inicia las aventuras de Miss Maud Silver en 1929 con Grey Mask); Nicholas Blake (La bestia debe morir, 1938 —aunque tal vez habría que considerarla como una obra más cercana al thriller); R. Austin Freeman (creador del doctor Thorndyke en 1907); Michael Innes (¡Hamlet, venganza!, 1937); Gaston Leroux (el “padre” de la habitación cerrada en El misterio del cuarto amarillo, 1908); E. C. R. Lorac (Muerte de un actor, 1937); Ngaio Marsh (Death in a white tie, 1938); Margery Allingham (Muerte de un fantasma, 1934); Earl Stanley Gardner (creador del popular Perry Mason en sus novelas El caso de las garras de terciopelo y El caso de la joven arisca, ambas de 1933);  Stuart Palmer (El misterio de la banderilla azul, 1937); George Simenon (cuyo comisario Maigret vería la luz por primera vez en Pietr el Letón, 1931); y muchos más...
      Todo degustador de la novela policiaca habrá advertido que este tipo de novelas ha sido, ya desde los primeros tiempos, muy parodiado (Piénsese en El robo del elefante blanco (1882) de Mark Twain). No es de extrañar, pues sus líneas básicas son muy evidentes y fácilmente imitables. El escritor Leo Bruce hizo una parodia de los personajes del padre Brown, Lord Wimsey y Hércules Poirot en Misterio para tres detectives (1936). También el cine ha insistido en los elementos paródicos, por ejemplo: la irregular película Un cadáver a los postres (Robert Moore, 1976 —con guion de Neil Simon).