portada

portada
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Mendoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Mendoza. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de enero de 2016

LA AVENTURA DEL TOCADOR DE SEÑORAS: Mendoza en estado puro.

    Estas Navidades han traído a las librerías españolas la última novela de Eduardo Mendoza, El secreto de la modelo extraviada. Para celebrar el acontecimiento, rescatamos la reseña que escribimos, años ha, sobre una de sus obras más conseguidas y populares, La aventura del tocador de señoras.



Resultado de imagen de la aventura del tocador de señoras     A Eduardo Mendoza le cuesta escribir porque escribe bien. Cuatro años han transcurrido desde su anterior novela Una comedia ligera. Los números lo dicen todo: en 26 años ha publicado nueve novelas incluyendo ésta que hoy nos ocupa. Mendoza piensa y calibra cada párrafo, cada línea y cada palabra que utiliza. Alguien dijo que aquello que más fácilmente se lee es aquello que más ha costado de escribir: las obras de Mendoza se leen de un tirón, casi sin percatarse del esfuerzo, asombrándose cuando uno llega al final y advierte, con tristeza, que la obra ha concluido.
     La aventura del tocador de señoras posee varios niveles de lectura: el retrato (exagerado y paródico; pero real, al fin y al cabo) de la España actual ¾la falta de norte de una sociedad cegada por el dinero fácil y el mercantilismo caníbal, poblada por políticos y empresarios venales y corruptos¾; o bien, un disparate catártico, una novela picaresca y desvergonzada donde prevalece el humor y la chanza. A la postre (como en toda gran novela) ambas interpretaciones terminan solapándose y complementándose.
     Mendoza recupera al entrañable protagonista de El misterio de la cripta embrujada (1979) y El laberinto de las aceitunas (1982): el narrador innominado y algo estrambótico que abandona el manicominio donde está internado para enfrentarse a las más peculiares intrigas policiacas. Han transcurrido casi veinte años desde su última aparición y nuestro protagonista sigue tan adicto a la Pepsi-Cola y a los bocadillos de calamares encebollados como entonces; tan perdido en una sociedad que no entiende, como entonces. Esta vez el narrador abandona definitivamente el manicomio ¾tras ser obligado a firmar el alta¾ y muy pronto se ve sumido en una vida medioburguesa como empleado en una peluquería. Cualquiera de nosotros puede pasarse cuarenta años realizando su trabajo un día tras otro; si uno es peluquero puede pasarse cuarenta años ahogándose en la monotonía y la rutina. El protagonista de Mendoza apenas emplea unas semanas (38 págs.) para que las aventuras (y los problemas) acudan a él. Como todo pícaro que se precie, posee la facilidad innata para atraer problemas e, igualmente, la labia y las trazas necesarias para solucionarlos.
     A través de un lenguaje pretendidamente barroco inclinado a las digresiones y las chanzas; a través de las peripecias de un individuo extravagante, mentiroso, lujurioso, interesado y hambriento, el lector asiste al desfile de un singular número de personajes, reflejo exagerado pero fiel de la España actual: una ramera redimida casada con un homosexual inclinado al juego; un director de manicomio convertido en promotor sin escrúpulos; un fascista ex-comisario de policía internado en un asilo; un alcalde (el de Barcelona) con evidentes disfunciones mentales pero propenso a los chanchullos; un abogado corrupto y corruptor; un empresario adultero y (como no) asesinado; un chófer negro sin carnet de conducir pero con un gran corazón; un guardaespaldas con muletas y pistola; dos muchachas llamadas Ivet pero tan distintas como la noche y el día; un teniente coronel de la guardia civil con inclinaciones sadomasoquistas; un mosso d´esquadra y un policía nacional que se comunican mediante una coiné o lingua franca; un inválido aficionado al tango. Todos ellos retratados mediante unos diálogos incendiarios y magistrales, cargados de un descaro y una poca vergüenza de la que (lamentablemente)  ya no se estila.
     Poco importa el argumento central: las vicisitudes realizadas por el protagonista para apartar de si una acusación de asesinato. Lo que realmente nos atrapa es el desfile de “despreciables figurones” y la crítica a una sociedad inclinada a los espectáculos sangrientos, a la tele-basura, a la comida rápida y mala, a la permisividad y la cerrazón de ojos, y a un largo etcétera.

    Dicen que la risa rejuvenece. Cuando comencé a leer la novela tenía 31 años; ahora que escribo estas líneas apenas me reconozco veinticinco.


 Eduardo Mendoza,

LA AVENTURA DEL TOCADOR DE SEÑORAS, Ed. Seix Barral 2001. 350 pp.

viernes, 9 de octubre de 2015

EL ÚLTIMO TRAYECTO DE HORACIO DOS: una de Mendoza, casi olvidada

      Aprovechando que el dentro de pocos llega a las librerías la última novela de Eduardo Mendoza, no nos resistimos a recordar una de sus novelas más ignoradas.
     Publicada originariamente por entregas en el diario El País, El último trayecto de Horacio Dos (Seix Barral) apareció en 2002 bajo el aspecto de libro, lo cual, inconscientemente, eleva y dignifica, para el usuario o lector, la calidad de la materia.

     Una trayectoria modélica... o no.
    Desde La verdad sobre el caso Savolta (1975) Eduardo Mendoza se ha convertido en una figura imprescindible dentro de la literatura española. Publicada en un año clave, la obra devino en la piedra inicial para la “novela de la democracia”. Aunando riqueza lingüística y amenidad, demostrando que la calidad y la diversión no tienen porque estar reñidas, La verdad sobre el caso Savolta se convirtió en un título de referencia obligatoria para críticos y lectores de la época.
   CoEl misterio de la cripta embrujada (1979) Mendoza volvía a sumergirse en la trama detectivesca, pero esta vez utilizando un lenguaje irónico y paródico, exageradamente barroco, conjugando con precisa habilidad la chocarrería y la hilaridad con una acción trepidante y atractiva. No es de extrañar que ciertos críticos vieran en ella un paso atrás en la trayectoria de quien habían calificado ¾a tenor de su primera novela¾ como a una gran promesa. Leída hoy, El misterio de la cripta embrujada, bajo su aspecto bufo y descarado, deja entrever la maestría de un narrador de primer orden; y en muchos aspectos se muestra como una novela más actual y más redonda que La verdad sobre el caso Savolta, que arrastra la deuda de la experimentación y, en algunos pasajes, delata de un modo demasiado evidente el entramado artificial de la narración.
    El retroceso apuntado por ciertos críticos se vio corroborado por su tercera obra El laberinto de las aceitunas (1982), protagonizada por el mismo narrador innominado que la precedente. Los detractores del escritor no perdieron la ocasión de atacar. Y con razón: la obra se apoyaba demasiado en la desmesura y el chiste, y muy poco o casi nada en la reflexión.
    Eduardo Mendoza había mostrado las dos caras de su quehacer literario: la aparentemente seria comme il faut; frente a la paródica y humorística. A partir de entonces su obra se agruparía en estas dos vertientes: las excentricidades protagonizadas por el pobre y estrafalario loco narrador de El misterio... ¾ que volvería a protagonizar La aventura del tocador de señoras (2001) y El enredo de la bolsa y la vida (2012)¾; y las novelas “serias”: el retablo histórico de la Barcelona de la Primera Guerra Mundial en La verdad sobre el caso Savolta; la rememoración de una época casi olvidada de la Ciudad Condal (la que abarca las dos Exposiciones Universales de 1888 y 1929) en La ciudad de los prodigios (1986); el tema del amor en el marco de Venecia en La isla inaudita (1989) ¾quizás su único fracaso editorial y crítico¾; la incursión en la novela corta relatando una simpática historia de amor imposible en El año del diluvio (1992) y, para concluir con este somero repaso, Una comedia ligera (1996), ¾quizás, junto a La ciudad de los prodigios, su mejor novela¾: donde la crítica a una postguerra gris y frustrante se conjuga perfectamente con una comicidad extraída de su vertiente más cínica y paródica.

     Ciencia-ficción, crítica social y fábula moral
     No hay que ser un lince de la crítica literaria ni un lector excelente para advertir que Sin noticias de Gurb (1991) y El último trayecto de Horacio Dos forman como un grupo aparte y al margen de las dos vertientes arriba reseñadas. Ambas fueron publicadas previamente por entregas; ambas pueden incluirse en el subgénero de las novelas de ciencia-ficción; ambas son narradas en primera persona y bajo la apariencia de un diario de a bordo o cuaderno de bitácora; y ambas son paródicas, irónicas, bufas, excéntricas, un punto por encima de “cómicas” y dos por debajo de “chocarreras”... y ambas encierran algo más.
    Tal vez sea Sin noticas de Gurb el libro más vendido (y creemos que leído) de Mendoza, y no sin razón: el libro rebosa de situaciones incendiarias y magistrales, haciendo gala de un descaro y una desvergüenza de la que (lamentablemente) ya casi no se estila en la literatura. Es, desde luego, un divertimiento; pero el retrato ácido de esa Barcelona preolímpica ¾con sus obras interminables, con sus habitantes poco menos que incongruentes¾ será, durante mucho tiempo todavía, una referencia obligada para todo curioso que quiera iniciarse en el mundo inabarcable y mágico de la literatura. Precisamente ahí reside su éxito: el no ser una novela pretenciosa y con ínfulas de ser más de lo que realmente es... un largo chiste de ciento cincuenta páginas.
     En cambio El último trayecto de Horacio Dos contiene un fondo de tristeza y melancolía que su antecesora del que su antecesora no participa. No en vano ha transcurrido una década entre ambas. Mendoza ya parece menos inclinado al humor per se, y por entre las líneas de esta última novela apreciamos un tono de pesadumbre y tristeza. A la manera de un Gulliver futurista, el protagonista, el comandante Horacio Dos ¾imbécil, incompetente, egoísta y algo reprimido sexualmente¾, realiza un viaje plagado de incidentes que le hará recalar en las más variopintas estaciones espaciales del Universo. Con una nave desvencijada y cargada de Mujeres Descarriadas, Delincuentes, Ancianos Improvidentes (desprevenidos), dirigida por una tripulación absurda y excéntrica, el viaje de Horacio Dos se asemeja a los viajes que pergueñara Swift: un modo de reflejar y ajustar cuentas con la sociedad, una suerte de fábula moral donde predomina el absurdo y la crítica. Hay momentos, desde luego, donde el origen folletinesco de la obra se hace demasiado evidente y la pluma de Mendoza se resiente; pero en general la obra cumple con su propósito: entretiene, produce risa en el lector, pone en solfa ciertos vicios de nuestra sociedad y ciertos absurdos tenidos como verdades... y, en fin, nos presenta un final tan sorprendente que nos reconcilia con el zafio protagonista.

     Cerraremos la novela y no seremos más sabios de lo que éramos antes de comenzar su lectura; pero desde luego sí más felices. ¿Qué más se puede pedir?

Eduardo Mendoza,

El último trayecto de Horacio Dos,

Ed. Seix Barral, 2002.